Andrea Zurlo: La incógnita

Blog Camino con árboles

La incógnita

Andrea Zurlo

Se paró desnudo frente al espejo. Deslizó lentamente sus dedos sobre la piel vieja hasta llegar al punto exacto, sobre los hombros, donde sobresalían esos huesos o, mejor dicho, cartílagos. Un poco se impresionó.

A su pecho de palomo con el esternón puntiagudo estaba acostumbrado, no le afectaba. Nació así y el defecto se acentuó con los años, pero ¡esos cartílagos en los hombros! El solo contacto le provocaba un escalofrío, lo mismo debía acostumbrarse a tocarlos si quería limarlos antes del verano. Tenía por delante todo el invierno con el abrigo pesado para disimularlos.

—¡Menos mal que no está Petrona! –suspiró mirando la foto de su difunta esposa que le sonreía desde la cómoda.

Prudencio comenzó a friccionarse los cartílagos puntiagudos con aceite de castor y después se pasaba la vaselina para suavizar la piel que comenzaba a erizarse de manera extraña. Continuó su terapia sin interrupciones, añadiendo algún detalle, algún ingrediente, algunas hierbas como la bardana, que es buena para la piel y los huesos, o la infusión de manzanilla que ayuda a desinflamar.

No obtuvo grandes resultados con su cura. Los cartílagos siguieron creciendo lentamente y, con los primeros calores, el abrigo pesado era más ridículo que su pecho de palomo.

A la vista del posible fracaso, Prudencio se pertrechó con lo necesario para sobrevivir durante el mayor tiempo posible sin sacar la nariz fuera de la puerta, lo que le fue facilitado por la posición aislada de su casa, al final de la última calle del pueblo, y por su fama de hombre esquivo.

La procesión de días y noches se hizo más lenta. Los amaneceres lo encontraban insomne, dando un masaje a sus protuberancias cada vez más marcadas. Pasaba el día tumbado en la hamaca del patio, o en la mecedora, sentado en la galería, bajo el techo de chapa apenas refrescado por la sombra de una parra de hojas grandes. Esos pocos metros de casa, esas cuatro paredes en las que vivió durante cuarenta años, lo aprisionaban.

Cuando no dormitaba, pensaba, y entre tanto pensamiento se le ocurrió acudir al doctor Cruz, el médico, para pedirle un consejo, pero ¿qué podía hacer la ciencia por él? Poco y nada, se dijo, y añadiódesab que acaso lo que la ciencia no podía lograr lo lograría la fe.

Por fin, tras días y días de meditación, don Prudencio se armó de coraje y, con el primer rocío, amparado por la oscuridad de la noche, se fue a visitar al párroco.

El cura vivía junto a la iglesia. En el pueblo lo tenían en buena consideración, porque decían que era un hombre recto y justo, si bien demasiado moralista y amargado para el gusto de don Prudencio. Después de todo él siempre dejó el cuidado del alma en manos de Petrona, al igual que remendar los calcetines y plancharle las camisas, por eso desde que Petrona falleció andaba con los calcetines agujereados, las camisas arrugadas y el alma descuidada.

El cura lo recibió con la sotana abierta que se había echado de prisa sobre el pijama. Todavía era un hombre joven y la vida reposada de cura de pueblo le favoreció la salud, aunque se quejara constantemente de sus malestares digestivos, y mantuviera un gesto adusto y la boca contraída, a punto de decir una blasfemia.

—¿Qué sucede don Prudencio? No me viene nunca a Misa y me visita a estas horas.

Prudencio entró en la cocina detrás del cura, sin hablar ni justificarse.

Sobre un brasero una cacerola difundía vapores balsámicos con aroma a eucaliptos. Por una puerta entreabierta se veía el catre con las sábanas revueltas y un rosario con cuentas de madera colgando de la pared.

Con gesto lento y decidido Prudencio se quitó la manta que llevaba cubriéndole los hombros.

El cura no reaccionó de inmediato. Después se acercó y pasó los dedos sobre las costuras de la camisa de Prudencio que casi explotaban bajo sus protuberancias.

—¿Es una broma? –preguntó el cura.

—No. Creo que son alas –respondió Prudencio mientras se desabrochaba la camisa, como si fuera muy natural que a un hombre le despuntaran las alas.

El cura dio un salto hacia atrás.

—¡Jesús! –exclamó santiguándose-. ¿Qué has hecho?

—Nada, señor cura –replicó Prudencio-. ¿Qué puedo haber hecho?

El cura desapareció por la puerta lateral. Prudencio oyó que abría y cerraba otras puertas y que protestaba o murmuraba algo. Poco después retornó musitando una letanía con un recipiente entre las manos.

—¡Quítese esa camisa! –ordenó con voz firme el cura.

Prudencio obedeció sin chistar.

Sin pedirle permiso, el cura le vació el recipiente de agua bendita sobre la cabeza. Después lo santiguó de los pies a la cabeza, sin rozarlo, y lo tuvo hasta el alba rezándole, y lo salpicaba con aceite y agua bendita, al tiempo que cabeceaba vencido por el sueño.

—Obra del demonio, don Prudencio –sentenció el extenuado cura con las primeras luces del alba –. Retorne a su casa.

Prudencio llegó a su casa cuando los primeros peones eran los únicos habitantes de las calles y arrastraban el sueño bajo las suelas.

Se sentía desconsolado. No fue nunca un gran creyente, tampoco frecuentaba la iglesia ni iba a Misa, pero eso no significaba que ahora tuviera que sufrir las penas del infierno. Después de todo ¿qué hizo más que cometer algún humano y venial pecado?

Para mal de males, desde que el agua bendita le tocó la piel le comenzó una terrible picazón. Rasca que rasca, notó que donde le cayeron las gotas sagradas le surgían de la piel unas pequeñas puntas.

Aterrorizado decidió no salir más de su casa, ni abrir la puerta a nadie, tampoco al doctor Cruz que, alertado por el cura, se apresuró a presenciar el fenómeno con la excusa de llevarle la ayuda de la ciencia.

En poco tiempo ya no pudo ni sentarse en el patiecito a tomar el fresco, porque el pueblo entero lo espiaba. Los vecinos se organizaron y se daban turnos para asomarse sobre el tapial en silencio y sin hacer desórdenes, igual que como se asomaban para ver a los finados en los velatorios, “Evitando alterar el orden público”, como ordenaron las autoridades, y el comisario cerraba un ojo complaciente, ya que era oportuno que los habitantes del pueblo tuvieran alguna diversión más que la timba y el mercado una vez por mes o el prostíbulo en las cercanías.

Confinado como un leproso, el mayor problema de Prudencio era soportar el calor encarcelado en su lata de sardinas, bajo el techo de chapa, al tiempo que consumía con mesura sus provisiones para resistir lo máximo posible.

La vida de don Prudencia siempre fue simple y sin aspiraciones, como la de casi todos en el pueblo, ahora el futuro, que hasta poco tiempo atrás veía como un camino trazado con meticulosa precisión, se mostraba como un terreno incierto que lo atemorizaba. Futuro, ¿qué futuro?

Una mañana en que se despertó de un sueño agitado y sudado ya no se sorprendió al notar las plumas blancas en su espalda, ni tampoco que su nariz adquiría un aspecto ligeramente similar a un pico, y que comenzaba a unirse al labio superior.

Hacía mucho tiempo que se le negaba al espejo, con todo, ahora, sintió la necesidad imperiosa de mirarse.

El espectáculo era ridículo. Sus piernas arqueadas y cortas no mutaron en su aspecto humano, como tampoco lo hicieron sus pies reumáticos. Su pecho de paloma lucía mejor con esas alas en la espalda, y ¡su cabeza! Su cabeza era digna de una mención especial. Sus ojos eran los de siempre, pero con una vaga expresión de soledad, y estaban situados a los lados de la protuberancia amarilla que ahora era su nariz, o quizá su nariz creció lo suficiente como para apretarse contra sus ojos, y la cabeza seguía coronada por sus cabellos grises y rizados, y las arrugas de su frente continuaban apoyadas sobre sus cejas espesas.

No era un pájaro. Tampoco era un hombre.¿Y si nunca hubiera sido un hombre igual que todos los demás? ¿Era ese el motivo por el que no pudo tener hijos?

¿Qué era si no era un hombre? ¿Importa la definición y el aspecto más que aquello que realmente se es? Y si era ESO, ¿qué mal hacía? Ninguno. Pero sabía que la Iglesia y la ciencia buscarían una explicación: para una sería la obra del demonio, y para la otra un bicho digno de estudiar y ni hablar de o que pensaría la gente del pueblo.

No entendía, Prudencio.

Él era el de siempre, su mente, su pensamiento simple, sus sentimientos permanecían inmutables. No obstante, ya no era un hombre y no era el de siempre.

No se daba paz. No existía la paz.

Envuelto en las horas de la noche salió de su casa, furtivo, cubierto por una manta.

Lo siguieron solo unos chiquillos que se habían aventurado hasta la puerta de Prudencio y allí montaban guardia. Como parte de su juego infantil le arrojaron piedras, riéndose en voz baja para no despertar a los vecinos. Prudencio se escapó como pudo y corrió con sus piernas arqueadas y su nuevo traje de plumas recién estrenado, hasta el borde del barranco que caía alto sobre el río de piedras blancas. Allí abandonó la manta y se alzó en vuelo sin gran dificultad. Los chicos quedaron boquiabiertos, incapaces de comprender.

¿Hombre, ave, demonio o ángel?

De la Antología “Opuesto a la naturaleza de las cosas”

Julio 2011

Andrea Zurlo, escritora hispanoamericana. Vive en Florencia, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Miembro Honorario de la Asociación de Escritores de Mérida

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Acerca de Carmen Cristina Wolf

Carmen Cristina Wolf es poeta, ensayista y editora nacida en Caracas, Venezuela. Directora del Círculo de Escritores de Venezuela Colaboradora de Verbigracia, del diario El Nacional Estudios de Teoría de la Argumentación y Nueva Retórica. Obra publicada: En poesía: Canto al Hombre, Cármina editores 1997 tres ediciones; Canto al Amor Divino, Cármina Editores 1998, 2 ediciones); Escribe un poema para mí, (Ed. Círculo de Escritores de Venezuela 2001); Fragmentos de Isla (Ed. Poiesis 1988), Prisión Abierta,(Ed. Al Tanto 2002, Colección Las iniciales del tiempo; Atavíos, Editorial El Pez Soluble 2007; Huésped del Amanecer, poemas, editado por la Universidad Nacional Abierta 2008. La llama incesante, Aforismos (Ed. Diosa Blanca 2007). 4a Edición La llama incesante, Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca, 2010. Vida y escritura, libro publicado en Amazon 2014. Poesía Femenina y violencia, ponencia publicada en Antología 8º Encuentro Internacional de Escritoras 2008; Acontecer fecundo: Luz Machado, publicado por la Asociación de Escritores de Mérida 2008; Retorno a la Vida, Cármina Editores 2006. Rafael Cadenas, ese entrañable desconocido, Monografías.com. Poema publicado en Antología El paisaje prometido, Salamanca 2010. Travesías del alma. 12 escritoras con Teresa de Ávila, Madrid, 2015 Antología NO RESIGNACIÓN, Ayuntamiento de Salamanca 2016 Libros inéditos: La casa que me habita, poemario 2016 inédito Vida y escritura, 2a edición revisada por publicar Es Premio de Poesía Vicente Gerbasi otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela. Obtuvo el Premio al Concurso de Cuentos 2005 de la Librería Mediática. Su obra aparece en Antología de Poetas Venezolanos de José Antonio Escalona, Universidad de Los Andes 2002 ; Quiénes escriben en Venezuela (Conac 2004); El Hilo de la Voz 2004; Antología del Círculo de Escritores de Venezuela 2005; Biblioteca de Venezuela Analítica; Mujeres Venezolanas ante la Crítica de la Asociación de Escritores de Mérida 2008; Antología de Versos de Poetisas Venezolanas Editorial Diosa Blanca 2006; Red Mundial de Escritores. www.Letralia.com. Prometeo Digital; Wikipedia; . Escribe en revistas y diarios; Corresponsal de la revista PublicARTE, articulista de Analítica.com y de Literanova.eduardocasanova.com. Una muestra de su poesía aparece recogida en el libro La Mujer Rota (Primer Foro Internacional de Poesía); Prometeo Digital; Literalia Editores México 2008; y en las Revistas Circunvalación del Sur, Conciencia Activa 21, Ateneo de Los Teques y otras. Sobre su obra han escrito: Alfredo Pérez Alencart, Helena Sassone, Miguel García Mackle, Edgar Vidaurre, Lidia Salas, Alejo Urdaneta, Eduardo Casanova, María Isabel Novillo, Magaly Salazar Sanabria, Alberto Hernández, Lidia Salas, Pedro Pablo Paredes, Lubio Cardozo, Edgar Vidaurre
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