La poética de la casa

Por Carmen Cristina Wolf Este texto forma parte del libro Vida y escritura, publicado en Amazon en 2014 por los editores Enrique Vélez Rosas y Sofía Greaves y con una nueva versión revisada para pr…

Origen: La poética de la casa

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La poética de la casa

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Por Carmen Cristina Wolf

Este texto forma parte del libro Vida y escritura, publicado en Amazon en 2014 por los editores Enrique Vélez Rosas y Sofía Greaves y con una nueva versión revisada para próxima publicación impresa.

Cuando me invade el temor, el desasosiego o la angustia ante la amenaza de los tiempos actuales, vuelvo a leer a Baudelaire, en su libro Los Paraísos Artificiales, quien describe la felicidad de Thomas de Quincey, resguardado en su habitación y leyendo a Kant, mientras afuera la nieve había decidido cubrir el mundo y pregunta: “Una agradable habitación, no hace más poético el invierno, ¿y no aumenta el invierno la poesía en la habitación?”.

En este país del trópico, donde la nieve nos ignora, me refiero a este tema por cuanto una tormenta de nieve puede equipararse a los peligros de la noche en nuestra ciudad de Caracas que, sobre todo cuando no hay luna, son aún mas feroces que las tormentas. A menos que estemos en casa. Es mejor quedarse en la habitación a resguardo de aquellos seres que han perdido la conciencia y no nos ven como sus hermanos.

El poeta Rilke, se siente sobrecogido en medio de la tormenta y escribe: “¿Sabes tú que en la ciudad me asustan esos huracanes nocturnos? Diríase que en su orgullo, los elementos ni siquiera nos ven”. Y en un poema, nos dice:

Por qué arrastrarme a esos torbellinos

de confusión y luces?

No quiero ya mirar vuestra locura.

Yo quiero, como un niño, enfermo y en su estancia,

solitario, secreta la sonrisa,

erigir día tras día ensueños suavemente”.

(De Primeras Poesías)

Bachelard, en su Poética del espacio, le otorga entidad a la casa, refiriéndose al “drama cósmico” que esta debe sobrellevar, personificada en un cuerpo que siente y sufre. Él prepara el momento de la tempestad recreando la inmensidad del silencio: “Nada sugiere, como el silencio, el sentimiento de los espacios ilimitados (…). Los ríos colorean su extensión y le dan una especie de cuerpo sonoro (…) es la sensación de lo vasto, de lo profundo, de lo ilimitado, que se apodera de nosotros en el silencio. Me invadió, y fui, durante unos minutos confundido con la paz nocturna. La paz tenía un cuerpo. Prendido en la noche. Hecho de la noche. Un cuerpo real. Un cuerpo inmóvil. Luego viene la angustia cósmica que preludia la tempestad. Se abren las gargantas del viento”.

Las fuerzas del cielo se desatan y somos como las ramas indefensas de un gran árbol. Ah, pero la casa nos protege, nos guarda, la habitación nos arropa y nos abraza para que nada malo nos suceda. La casa adquiere la realidad de un ser amable y protector.

La casa, sea humilde o lujosa, es una de las cosas preciadas que tenemos. Así sea una habitación, nuestra habitación, ella es la madre que nos arropa en la oscuridad amenazante.

Cuánto debo agradecer a mis abuelos y a mis padres el haberme proporcionado una casa. Recuerdo con veneración la casa de los abuelos Benito y Zoilita, acogedora, con sus cómodas poltronas, los libros, la máquina de coser, el viejo radio Singer, la hamaca… Sobre todo, el patio, con su árbol de mango, que nos parecía tan grande. Una casa con techo a dos aguas, de tejas verdaderas, de ventanas sin rejas. En lugar de muro, un seto de arbustos. Porque no había nada que temer.

&   &   &   &   &

Hoy recuerdo la casa del abuelo, con su serena sabiduría, siempre enseñándonos gramática y literatura. Mamaíta, con sus consejos sobre cómo llevar un hogar y sus meriendas tan deliciosas…

Cada vez que paso por la quinta Alma, en Las Mercedes, en Caracas, que todavía conserva algo de la magia y la elegancia que una vez tuvo, no puedo menos que dar gracias a ellos y a Dios, porque allí viví los mejores días de mi vida. Cuando tiempos lejanos me llevan a Lobaterra, la casa colonial del abuelo Federico en San Esteban, vienen a mi memoria los juegos en el río, el croar de las ranitas, los enormes árboles de caimito, el miedo a los fantasmas que rondan los viejos muros. El susurro del viento entre las ramas…

Amo mi casa, con su ausencia de pretensiones y sobre todo mi habitación, testigo de tanto escribir poemas y notas sin importancia. Y tengo presente a Virginia Woolf, para quien la felicidad y realización de una mujer escritora consistía en disponer de treinta libras al año y una habitación propia. Es bastante.

En Santiago de León de Caracas

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Elizabeth Schön: En el Tránsito hacia el asombro

Este ensayo pertenece a la primera edición del libro Vida y escritura, publicado en Amazon

Libro Vida y Escritura

  1. Por Carmen Cristina Wolf

Una Visita al Hogar de la Diosa Blanca

Siempre que viene a mi memoria la poeta venezolana Elizabeth Schön, recuerdo su mirada de un azul intenso como las aguas que rodean la isla de Los Roques, en Venezuela. Mirada límpida, maneras afectuosas, el modo gentil de tratar a las personas. Y sobre todo, su profundo análisis de las cosas, desde las más pequeñas, como una semilla, una piedrecilla de río o el golpeteo sempiterno de las olas, hasta su visión metafísica del mundo y del ser.

Una tarde fuimos a visitarla los poetas Rosa Melo, Edgar Vidaurre, Ruth Vidaurre, el artista plástico Oscar Sjöstrand y yo. De la conversación y la lectura de poemas, pasamos a la música, y ella me prestó un cuatro. Al comenzar a cantar una tonada de Simón Díaz, Elizabeth comenzó a llorar silenciosamente. Nos explicó por qué. Era la primera vez que se escuchaban las notas de aquel instrumento desde que Alfredo Cortina, su esposo, falleció.

Todo el que hablaba con Elizabeth Schön, o le daba a leer sus versos, no la olvidó jamás. En el transcurso de mi vida, la lectura de su poesía se ha entrelazado íntimamente con mis vivencias. Me siento bendecida por haber tenido acceso a la obra poética de esta mujer venezolana, voz fundamental de la literatura contemporánea. He aquí los versos seleccionados para la convocatoria al Octavo Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Elizabeth, que se celebró en abril del 2008:

En el tránsito del asombro hacia otro asombro

se desborda lo inagotable del Ser”.

(Elizabeth Schön)

A continuación, me refiero a algunos recuerdos de la niñez que regresaron a leyendo algunos poemas de Elizabeth Schön. Memorias de nuestras vacaciones en San Esteban, cuando el verano era un vaso de oro desparramándose. Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas y sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico. Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Louise May Alcott, Salgari y los cuentos de Julio Garmendia. Comer mangos, guayabas y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo, a diez minutos de Puerto Cabello, en las orillas del río San Esteban, cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.

Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta, en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo conque aparecen todas las cosas que nos rodean. Elizabeth Schön escribe:

Si miras el agua miras al cielo. / Si miras al niño miras al agua y al cielo”.

Levantarse al amanecer no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.

Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama. El abuelo Federico, rastrillaba las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas. Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja y allí estaba: el río,con infinito blusón deslizante, con su borboteo comoun reguero de polen multiplicándose, el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cercay tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia.El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia.

El agua del río conducía un millón de años de hojas caídas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua, alborotándola. El abuelo había construido un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos a la orilla. El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.

En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imaginábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la gran serpiente que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ellano hacía nada, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa. En el libro de SchönEs oír la vertiente(1973), Elizabeth publica poemas sobre la realidad del miedo, unos poemas que hasta hace muy poco me hacía daño leer:

Hay miedo. / Ya el árbol se achica / en tanto va angostándose la luz / hasta cerrar la última hendija. Piérdese el pulso / olvídase el ritmo / en la piel solo agotamiento / y sobre ella el aire, / el sol / el agua / el hombre, / la tierra (…)”. Estos poemas no los leí en la época en que escribí esta nota, no forman parte de estos recuerdos de la niñez, que continúan así: Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando, meciéndonos, oyendo susurrar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía entre el cielo y el murmullo de la vegetación.

Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios, orondos. Vivíamosen el centro de la oscura y primaria semilla”.

No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera alegría, celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.

Todo estaba en los bandos. Cada cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, el olor a monte, el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

En la infancia todo era sorpresa, no obstante nada nos era extraño. La vida era cercanía y lejanía imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida (…)”.

Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos del miedo, no sabíamos cómo se definía la vida y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar, ¿qué es la vida?

No sentíamos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien profundamente enamorado, a quien podíamos llamar Padre. Aquel que ama a la humanidad tanto como se ama a mismo.

Esa infancia todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien actúa de manera perversa, creo que sufre la enfermedad de ausencia de amor. Las ofensas, las acusaciones nacen del miedo, brotan porque ignoramos que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en su propio ser.

No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo más que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas corresponden a los librosDel antiguo labrador,El abuelo, la cesta y el maryEs oír la vertiente, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.

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“La felicidad es un aroma mínimo

en el corazón de las cosas”

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Entrevista a la escritora venezolana Nery Russo

NERY RUSSO

Cuando le pregunto por la situación actual de Venezuela, n

Hace un tiempo tuve el gusto de visitar el hogar de la escritora venezolana Nery Russo. Elegantemente vestida, peinada con cuidado y el maquillaje discreto, de punta en blanco como decían los caraqueños de principios del siglo XX, nos recibe la polifacética dama a Heberto Gamero y a esta admiradora, dispuesta a concederme una entrevista para la revista del Círculo de Escritores de Venezuela.

Después de los saludos de rigor nos cuenta que nació en Río Caribe, Estado Sucre, cerca del mar y de las colinas donde termina la Cordillera de la Costa, lo que de alguna forma debe de haber influido en su espíritu de mujer libre, luchadora y de una jovialidad que todavía hoy, a los 99 años, refleja en su trato y cordialidad. Es una mujer de temperamento vital, mirada penetrante y sonrisa fácil. Le pregunto por su infancia y dice que siempre era la primera de la clase. Sus maestras la tomaban en cuenta por su aplicación e inteligencia, por su desenvoltura y buena dicción. Por lo general la elegían para actuar en los actos de fin de curso, leer poemas y discursos.

Comenzó a escribir desde los 14 años. Su primer libro lo publicó en la década del 40: “Norte y Sur de mi mundo”, y confiesa con humor y cierta ironía que este libro “no tenía norte ni tenía sur”.

A los 16 años vino a estudiar a Caracas y se graduó de periodista en la Universidad Central de Venezuela. Desde muy joven comenzó a escribir reseñas y crónicas para algunos diarios como La Esfera, El Heraldo, El Universal y El Nacional. Fundó la revista Páginas, con temas sociales, políticos, culturales, de farándula y recreativos. Nueve años después fundó la revista Ellas. Fue una promotora cultural de primer orden.

Nery Russo tuvo al mismo tiempo una intensa vida social que la llevó a crear el certamen Princesita Venezuela. Perteneció a la Asociación Venezolana de Autores y Compositores (AVAC), fundada por la compositora María Luisa Escobar, de quien afirma: “Era como una madre para mí”. Nery Russo fue asimismo cofundadora del Colegio Nacional de Periodistas y Miembro del Ateneo de Caracas. Actualmente es Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela y algunos de sus poemas están recogidos en la Antología Poética de nuestro Círculo.

Cuando le pregunto por su actuación en la política señala que nunca se sintió atraída por ocupar cargos públicos ni por descollar en este campo. Sus intereses iban más bien hacia el periodismo. Escribió numerosos artículos en este sentido y aunque que no participó como activista político asistía a las manifestaciones por la conquista del sufragio de las mujeres.

Sus novelas Zori, La mujer del caudillo y Con los pasos del perro tuvieron gran acogida en su época. La mujer del caudillo, biografía novelada de Luisa Cáceres de Arismendi, fue lectura obligatoria en los colegios durante varias décadas.  Escribió también un hermoso libro dedicado el Ávila y en la actualidad escribe una novela autobiográfica muy extensa. “Casi mil páginas”, dice entre risas.

Cuando le pregunto por la situación actual de Venezuela, nos dice: “Yo estoy muy descontenta con la situación que vive mi país, con la sociedad enfrentada y dividida y por la descomposición social, falta de valores y el resentimiento que se ha creado. Es muy triste todo esto, señala.

En su apartamento predomina un ambiente propio de una escritora. Una valiosa colección de cuadros de pintores venezolanos y extranjeros ocupan casi todas las paredes. En el centro de la sala, un hermoso retrato suyo realizado por su ex-esposo, el pintor español Felipe Vallejo, nos la muestra en todo su esplendor. Flores y delicadas figuras de porcelana de Sèvres adornan la mesa de centro y laterales. Cientos de libros integran su biblioteca y un escritorio cuidadosamente ordenado conforman su mundo de letras y memorias. Más allá, un mueble con puertas de vidrio guarda todas las medallas, premios y diplomas recibidos.

Luego de un delicioso té servido por la propia Nery Russo, nos despedimos de esta mujer que todavía ostenta el título de condesa, al contraer nupcias con el Conde italiano Hugo de Chiara Falangola.

Nery Russo, un personaje, un ejemplo, una vida de trabajo incansable. Una admirable mujer.

Para finalizar manifiesto mi profunda gratitud a Heberto Gamero Contín por su gentileza al haber propiciado este encuentro inolvidable.

Carmen Cristina Wolf

Santiago de León de Caracas

26 de octubre de 2015

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Selección de poemas de Carmen Cristina Wolf

C. Cristina en el piano

MANOS VIAJERAS

Autora: Carmen Cristina Wolf

I

Con la perseverancia de semilla

las manos interrogan la palabra

que cae bajo el peso de las cosas

y transportan cansancios de la sangre

la dulce muerte mínima

textura, impactos, roces

abrazos de las formas.

Manos viajeras

en los pasos del tiempo.

Mis manos acarician la seda de la nieve

reconocen arenas del camino, verde de las riberas

desaplican las cartas, cascan nueces, aplauden

soportan asperezas, doblan colchas

trenzan lazos, escriben

se vuelven rojas, pálidas,

se estremecen antes y después de la cocina,

del jabón, del carbón.

II

Obreras en cortejo

hacen café, rebanan zanahorias

sirven almuerzos, planchan

encienden los candiles

y ponen a bailar la batidora

En las mañanas,

incluidos los domingos amados

ellas nunca se aburren, diligentes

acarician el árbol

y con algo de prisa saludan

a un dama de paso

Acarician el ceño de una frente dormida

entreabren la persiana y cierran los balcones

para no interrumpir la muerte mínima

Arrojan en la alfombra los dibujos, los libros.

III

En las noches

luego de innumerables gestos me acompañan

sentándose conmigo en el sillón

Sin reposo

pasan páginas, cosen

dibujan geometrías en el aire

y lucen sus pulseras.

IV

Quisiera reposar en mis manos ahora

No deseo sentir el frío del volante

o la mínima curva del teclado

Prefiero las tijeras de podar

sin hojear las páginas del diario

Ya no soporto

leer la guerra en oriente,

la miseria en el sur, los secuestros al este

los ajusticiamientos, las mujeres golpeadas

V

Las manos hilan en su rueca de horas

sin importar presagios inquietantes

se yerguen más allá de su indigencia

no llevan cuenta de su desamparo

en este corazón cosido a la galaxia

Si lo hicieran

no se moverían más

no encontrarían el rastro para volver al polen

ni hallarían gozo

en el vórtice de líneas en conflicto

esas coordenadas efímeras del alma

Es tarde

aun en el fondo de la noche

no abandonan su costumbre de amar

reclinan la fatiga en el silencio

y las manos retiran cobertores

sirven vasos de leche

y acompañan las últimas historias

Las hadas y los duendes

las conducen al libro de los cuentos de infantes

y así cumplen su ciclo

eterno de palabras

 

Del libro “Huésped del amanecer” Publicado por la Universidad Nacional Abierta

Carmen Cristina Wolf 2Carmen Cristina Wolf

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Elizabeth Schön: Tránsito del asombro hacia otro asombro

   Elizabeth S y Carmen Cristina 2006

                                    Foto en casa de Elizabeth Schön con C. C. Wolf

      Por Carmen Cristina Wolf 

      Una Visita al hogar de la diosa blanca

Siempre que viene a mi memoria la poeta venezolana Elizabeth Schön, recuerdo su mirada de un azul intenso como las aguas que rodean la isla de Los Roques, en Venezuela. Mirada límpida, maneras afectuosas, el modo gentil de tratar a las personas. Y sobre todo, su profundo análisis de las cosas, desde las más pequeñas, como una semilla, una piedrecilla de río o el golpeteo sempiterno de las olas, hasta su visión metafísica del mundo y del ser.

Una tarde fuimos a visitarla los poetas Rosa Melo, Edgar Vidaurre, Ruth Vidaurre, el artista plástico Oscar Sjöstrand y yo. De la conversación y la lectura de poemas, pasamos a la música, y ella me prestó un cuatro. Al comenzar a cantar una tonada de Simón Díaz, Elizabeth comenzó a llorar silenciosamente. Nos explicó por qué. Era la primera vez que se escuchaban las notas de aquel instrumento desde que Alfredo Cortina, su esposo, falleció.

Todo el que hablaba con Elizabeth Schön, o le daba a leer sus versos, no la olvidó jamás. En el transcurso de mi vida, la lectura de su poesía se ha entrelazado íntimamente con mis vivencias. Me siento bendecida por haber tenido acceso a la obra poética de esta mujer venezolana, voz fundamental de la literatura contemporánea. He aquí los versos seleccionados para la convocatoria al Octavo Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Elizabeth, que se celebró en abril del 2008:

En el tránsito del asombro hacia otro asombro

se desborda lo inagotable del Ser”.

(Elizabeth Schön)

2     Recuerdos de la infancia y sus poemas

A continuación, me refiero a algunos recuerdos de la niñez que regresaron a leyendo algunos poemas de Elizabeth Schön. Memorias de nuestras vacaciones en San Esteban, cuando el verano era un vaso de oro desparramándose. Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas y sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico. Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Louise May Alcott, Salgari y los cuentos de Julio Garmendia. Comer mangos, guayabas y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo, a diez minutos de Puerto Cabello, en las orillas del río San Esteban, cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.

Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta, en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo conque aparecen todas las cosas que nos rodean. Elizabeth Schön escribe:

Si miras el agua miras al cielo. / Si miras al niño miras al agua y al cielo”.

Shön, Vidaurre y Wolf

                              En casa de Elizabeth Schön, con Edgar Vidaurre y Carmen Cristina Wolf

Levantarse al amanecer no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.

Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama. El abuelo Federico, rastrillaba las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas. Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja y allí estaba: el río,con infinito blusón deslizante, con su borboteo comoun reguero de polen multiplicándose, el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cercay tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia.El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia.

El agua del río conducía un millón de años de hojas caídas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua, alborotándola. El abuelo había construido un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos a la orilla. El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.

En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imaginábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la gran serpiente que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ellano hacía nada, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa. En el libro de SchönEs oír la vertiente(1973), Elizabeth publica poemas sobre la realidad del miedo, unos poemas que hasta hace muy poco me hacía daño leer:

Hay miedo. / Ya el árbol se achica / en tanto va angostándose la luz / hasta cerrar la última hendija. Piérdese el pulso / olvídase el ritmo / en la piel solo agotamiento / y sobre ella el aire, / el sol / el agua / el hombre, / la tierra (…)”. Estos poemas no los leí en la época en que escribí esta nota, no forman parte de estos recuerdos de la niñez, que continúan así: Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando, meciéndonos, oyendo susurrar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía entre el cielo y el murmullo de la vegetación.

Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios, orondos. Vivíamosen el centro de la oscura y primaria semilla”.

No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera alegría, celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.

Todo estaba en los bandos. Cada cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, el olor a monte, el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

En la infancia todo era sorpresa, no obstante nada nos era extraño. La vida era cercanía y lejanía imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida (…)”.

Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos del miedo, no sabíamos cómo se definía la vida y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar, ¿qué es la vida?

No sentíamos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien profundamente enamorado, a quien podíamos llamar Padre. Aquel que ama a la humanidad tanto como se ama a mismo.

Esa infancia todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien actúa de manera perversa, creo que sufre la enfermedad de ausencia de amor. Las ofensas, las acusaciones nacen del miedo, brotan porque ignoramos que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en su propio ser.

No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo más que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas corresponden a los librosDel antiguo labrador,El abuelo, la cesta y el maryEs oír la vertiente, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.

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Aforismos

Capítulo 5 del libro La llama incesante, Aforismos. Por Carmen Cristina Wolf

Lo más valioso es la libertad. Ni el régimen más oprobioso logrará que mi espíritu deje de ser libre.

No espero que aprueben lo que hago. Es mi conciencia quien tiene que aprobarlo.

El que emprende el camino de la verdad

es un tesoro como amigo, amante, padre, hijo y maestro.

No me alabes si vas a exigirme algo a cambio.

Si soy injusto contigo, creo vergüenza para los míos

y odio en los tuyos.

Cuando camino frente al edificio de los legisladores me pregunto qué nueva regla escribirán para encarcelarnos más.

Qué débil es aquél a quien los otros temen

por causa de sus amenazas.

El poderoso es esclavo de su imagen.

El gobernante es un siervo, depende de aquellos

que le sostienen en el poder.

Sin inteligencia no hay justicia.

El político que ofrece lo que no puede cumplir es un tonto. Pronto será repudiado.

Eleva tu voz en nombre de los que no pueden defenderse.

Admirable es aquél que reconoce

las cualidades de su adversario.

Quien sabe escuchar, reconocer sus errores, respetar a sus críticos y actuar con rectitud, será un buen gobernante.

No confíes a priori en que todo irá bien. Paséate por la posibilidad del fracaso.

Respeto a quien me adversa

para no convertirlo en mi enemigo.

Hasta los perros sienten el peligro

cuando los fusiles se apoderan de los destinos de un país.

Cuando no estoy dispuesta a actuar con nobleza,

prefiero no salir de casa.

La paz es el fruto de un constante esfuerzo.

Prefiero no decir todo lo que pienso

antes de haberlo pensado bien.

El sabio ofrece con humildad sus descubrimientos

y no se atribuye nada para sí.

Comparte tus conocimientos con aquél

que interroga con rectitud de intención.

Libro antiguo y vela 1

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Selección del poemario Atavíos de Carmen Cristina Wolf

Selección del poemario Atavíos de Carmen Cristina Wolf.

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Selección del poemario Atavíos de Carmen Cristina Wolf

Autora: Carmen Cristina Wolf

Segunda Edición del poemario ATAVÍOS

Presentación, por Alfredo Pérez Alencart

Selección de siete poemas

Biografía de la autora

Blog foto Vogue Intervenida Wolf

VIGAS FUERTES DE CARMEN CRISTINA WOLF

Alfredo PéreAlencart

Universidad de Salamanca

Oigo a una voz necesariamente enclaustrada rompiendo complicadas geografías, no sin antes advertir:No abandones tu rincón secreto / sin tender el hilo que te llevará de vuelta. Es, me percato, la poeta C. C. W., erigiendo un orbe nuevo para que sus invocaciones se posen sobre el oro molido del recuerdo, cierto, pero también dentro de la certeza de los sueños: Eres el sueño de aquel / en quien florecen siempre las palabras, como tan bellamente anota en otro de los diecisiete cánticos acopiados lentamente, cuales frutos de su inabarcable vida interior, porque son muchas las vidas que salen por las ventanas de su Espíritu; es más, algunas todavía no han nacido en esa casa cómplice del Tiempo: Me acostumbré a vivir / con un pie en su morada // y otro en el infinito.

Ella, que nunca abandona a sus amigos (confesión de antaño y de hoy, cual refugio), teje las sílabas de de este Vértigo hondo de presencia, con la alquimia del milagro de vivir y las brasas ardientes del amor-amante: No dejes caer la noche sin decírselo. / La rosa no se avergüenza de velar / en lucidez al alba.

Confluyen ausencias, desolaciones, promesas, años de niñez, manos, viajes, esperanzasLos textos se desbordan y se contienen, siempre en espera de un corazón que los sienta y los adopte. El mío lo torna su alimento y publicita la afirmación lírica-aforística de Carmen Cristina Wolf.

Celebro este alumbramiento múltiple. Celébrenlo conmigo, repitiendo al menos un par de versos: La espera, un eterno comienzo /El oficio, aguardar / en la ciudad que se abre al horizonte.

Octubre y en Tejares (2010)

Alfredo Pérez Alencart

Universidad de Salamanca

Selección del Libro: Atavíos

1 LA CASA    Carmen Cristina Wolf

¿Es ciego el giro de la casa

tan solitaria y huérfana?

Será que se detiene algunos días

sin darnos cuenta

se acicala con campos de espigas

y trae consuelo a dolores antiguos

La mecedora de la abuela levita suavemente

la persiana se mueve

.-.-.-.-

en clave morse

se balancea el móvil de corales

Millones de mensajes cruzan el corredor

sin golpear los retratos

provenientes de los siete confines

El aire se recrea con murmullos

salidos de laptops relucientes

El caserón de todos, no sabemos por qué

sonríe desde su pétrea hondura

le gusta cambiarse los vestidos

y lavarse la cara de pisadas maléficas

o besarse ella misma las memorias

Algunos días soleados acostumbro

acariciar los prados y dejarme

cobijar por la sombra

de las interminables filas de palmeras

mientras cientos de pies dejan huella impaciente

en los portales, apenas entran y ya van saliendo

para dejarse caer un día u otro

en su regazo interminable

Me acostumbré a vivir

un poco en su morada

y por instantes en el infinito

& & &

2 ORIGEN    Carmen Cristina Wolf

Eres el sueño de aquél

en quien florecen siempre las palabras

Entre piedras que exudaban templanza,

caíste millares de veces en las playas de todos los océanos

Cuando aún no existía el cántaro ni el día,

se cumplió el ritual de la gota de luz en la penumbra

Sudaste al calor de ríos de lava y al frío de las cavernas

confundida entre hipocampos y corales

enredada en celacantos sin mirada

Las tortugas gigantes llevaban en sus casas

grabadas las señales del que sería mi cuerpo y el de todos

Había un itinerario

en el centro del alma, era fácil sentirlo

casi imposible hallarlo persiguiendo las sombras

Era extravío seguro atarse a los deseos

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3 PROMESA Carmen Cristina Wolf

Traje conmigo algunas piedras de la ciudad perdida

y un puñado de versos sin destino

Respirar lo imposible, no esperar noticias

recrearse en la experiencia de la sed

El oleaje aparenta una conversación con las otras máscaras

Mejor no oír su voz, quebrantaría el inquieto sosiego del mar

Si los sueños dejaran de serlo se perdería el gozo de la promesa

La espera, un eterno comienzo

Miré en celaje el vuelo de tus cabellos a través de la vidriera

Recé para que no fueras tú. Así nunca te poseería del todo

El vuelo del alma no debe caer abatido en la piedra más honda.

El oficio, aguardar

en la ciudad que se abre al horizonte

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4 AUSENCIA Carmen Cristina Wolf

Los minerales permanecían mudos

sus contornos buscaban las formas

– aún no había tonos verdes

El germen de conciencia

se dejaba ceñir por los océanos

Él se acercó, tenía atisbos de aurora en su mirada

mis manos fueron el refugio exacto de sus cabellos

y un temblor de sangre abrasó mis entrañas

Desde entonces –cuando regreso a este mundo

suelo sentir los pasos de su ausencia

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5 MEMORIA Carmen Cristina Wolf

Él nombraba las cosas con sonidos graves y conocí la risa

su porte recordaba el vuelo del albatros y el tornasol del tigre

Íbamos los dos solos intensamente unidos

Desde entonces, asistí innumerables veces a nuestro nacimiento

Alguna vez regresa el esplendor

Espero que regrese su mirada de mineral profundo

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6 INFANCIA Carmen Cristina Wolf

Me encuentro entre los niños que abandonaron pronto los patines

y le fueron infieles a los cuentos por viajar en un tren de compromisos

Osar volver a ser

un corazón de pequeño latido

pasear de nuevo en el carro de los bomberos

Eso haré, si es posible

dibujaré un caballo estremecido de praderas

pintaré líneas de tiza en el garaje

para advertir al auto que detenga sus ruedas

Es el espacio de los pies desnudos

con cientos de caminos y hojas de tonos sepia

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7 AMANTE Carmen Cristina Wolf

No dejes caer la noche sin decírselo

La rosa no se avergüenza de velar

en lucidez al alba

Tu cuerpo suele ser casa soñada

en los días del verano

y aún callas, tontuelo!

Mejor un instante de atrevido sonrojo

a mil versos de sensata palidez

Selección de poemas de Carmen Cristina wolf, escritora venezolana

Abril 2012

Síntesis biográfica de Carmen Cristina Wolf

Poeta, ensayista y editora nacida en Caracas, Venezuela. Abogado con Estudios Superiores en Literatura Hispanoamericana. Obra publicada: En poesía: Canto al Hombre, Cármina editores 1997. Canto al Amor Divino, Cármina Editores 1998; Escribe un poema para mí, Círculo de Escritores de Venezuela 2001; Prisión Abierta, Al Tanto 2002, Colección Las iniciales del tiempo; Atavíos, Editorial El Pez Soluble 2007; Huésped del Amanecer, poemas, Ediciones Universidad Nacional Abierta 2008. La llama incesante, edición del Instituto de Estudios Iberoamericanos de Salamanca 2010; Retorno a la Vida, Ensayo, Cármina Editores; Poesía Femenina y violencia, ponencia publicada en Antología Encuentro Internacional de Escritoras 2008; Acontecer fecundo: Estudio sobre la obra de Luz Machado, publicado por la Asociación de Escritores de Mérida 2008; Aproximación a la obra de Rafael Cadenas, publicado por ConcienciActiva 21.

En dos oportunidades ha presidido el Círculo de Escritores de Venezuela. Obtuvo el Premio al Concurso de Cuentos 2005 de la Librería Mediática. Finalista en el Concurso de la Sociedad de Arte y Literatura con el libro El huésped insomne. Su obra aparece en Antología de Poetas Venezolanos de José Antonio Escalona, Universidad de Los Andes 2002.. Quiénes escriben en Venezuela (Conac 2004); El Hilo de la Voz 2004; Antología del Círculo de Escritores de Venezuela 2005; Biblioteca de Venezuela Analítica; Mujeres Venezolanas ante la Crítica de la Asociación de Escritores de Mérida 2008; Antología Octavo Encuentro Internacional de Escritoras, de la Asociación de Escritores de Mérida, 2008; Antología de Versos de Poetisas Venezolanas Editorial Diosa Blanca 2006;

colaboró con el periódico de la cultura PublicARTE, Una muestra de su poesía aparece en el libro La Mujer Rota (Primer Foro Internacional de Poesía); Literalia Editores México 2008; y en las Revistas Circunvalación del Sur, Conciencia Activa 21, Ateneo de Los Teques y otras.

Ha escrito numerosos ensayos, publicados en diarios y revistas nacionales e internacionales. Sobre su obra han escrito: Helena Sassone, Alfredo Pérez Alencart, Alejandro Lasser, María Isabel Novillo, Miguel García Mackle, Edgar Vidaurre, Lidia Salas, Alejo Urdaneta, Eduardo Casanova, Enrique Viloria, Pedro Pablo Paredes, Milagro Haack y Lubio Cardozo. Es Directora de Cármina Editores y actualmente es Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela

Blogs: carmencristinawolf.wordpress.com

http://críticaliterariahispanoamericana.blogspot.com

http://ccwolf.wordpress.com  Mujeres escritoras

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