Andrea Zurlo: La incógnita

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La incógnita

Andrea Zurlo

Se paró desnudo frente al espejo. Deslizó lentamente sus dedos sobre la piel vieja hasta llegar al punto exacto, sobre los hombros, donde sobresalían esos huesos o, mejor dicho, cartílagos. Un poco se impresionó.

A su pecho de palomo con el esternón puntiagudo estaba acostumbrado, no le afectaba. Nació así y el defecto se acentuó con los años, pero ¡esos cartílagos en los hombros! El solo contacto le provocaba un escalofrío, lo mismo debía acostumbrarse a tocarlos si quería limarlos antes del verano. Tenía por delante todo el invierno con el abrigo pesado para disimularlos.

—¡Menos mal que no está Petrona! –suspiró mirando la foto de su difunta esposa que le sonreía desde la cómoda.

Prudencio comenzó a friccionarse los cartílagos puntiagudos con aceite de castor y después se pasaba la vaselina para suavizar la piel que comenzaba a erizarse de manera extraña. Continuó su terapia sin interrupciones, añadiendo algún detalle, algún ingrediente, algunas hierbas como la bardana, que es buena para la piel y los huesos, o la infusión de manzanilla que ayuda a desinflamar.

No obtuvo grandes resultados con su cura. Los cartílagos siguieron creciendo lentamente y, con los primeros calores, el abrigo pesado era más ridículo que su pecho de palomo.

A la vista del posible fracaso, Prudencio se pertrechó con lo necesario para sobrevivir durante el mayor tiempo posible sin sacar la nariz fuera de la puerta, lo que le fue facilitado por la posición aislada de su casa, al final de la última calle del pueblo, y por su fama de hombre esquivo.

La procesión de días y noches se hizo más lenta. Los amaneceres lo encontraban insomne, dando un masaje a sus protuberancias cada vez más marcadas. Pasaba el día tumbado en la hamaca del patio, o en la mecedora, sentado en la galería, bajo el techo de chapa apenas refrescado por la sombra de una parra de hojas grandes. Esos pocos metros de casa, esas cuatro paredes en las que vivió durante cuarenta años, lo aprisionaban.

Cuando no dormitaba, pensaba, y entre tanto pensamiento se le ocurrió acudir al doctor Cruz, el médico, para pedirle un consejo, pero ¿qué podía hacer la ciencia por él? Poco y nada, se dijo, y añadiódesab que acaso lo que la ciencia no podía lograr lo lograría la fe.

Por fin, tras días y días de meditación, don Prudencio se armó de coraje y, con el primer rocío, amparado por la oscuridad de la noche, se fue a visitar al párroco.

El cura vivía junto a la iglesia. En el pueblo lo tenían en buena consideración, porque decían que era un hombre recto y justo, si bien demasiado moralista y amargado para el gusto de don Prudencio. Después de todo él siempre dejó el cuidado del alma en manos de Petrona, al igual que remendar los calcetines y plancharle las camisas, por eso desde que Petrona falleció andaba con los calcetines agujereados, las camisas arrugadas y el alma descuidada.

El cura lo recibió con la sotana abierta que se había echado de prisa sobre el pijama. Todavía era un hombre joven y la vida reposada de cura de pueblo le favoreció la salud, aunque se quejara constantemente de sus malestares digestivos, y mantuviera un gesto adusto y la boca contraída, a punto de decir una blasfemia.

—¿Qué sucede don Prudencio? No me viene nunca a Misa y me visita a estas horas.

Prudencio entró en la cocina detrás del cura, sin hablar ni justificarse.

Sobre un brasero una cacerola difundía vapores balsámicos con aroma a eucaliptos. Por una puerta entreabierta se veía el catre con las sábanas revueltas y un rosario con cuentas de madera colgando de la pared.

Con gesto lento y decidido Prudencio se quitó la manta que llevaba cubriéndole los hombros.

El cura no reaccionó de inmediato. Después se acercó y pasó los dedos sobre las costuras de la camisa de Prudencio que casi explotaban bajo sus protuberancias.

—¿Es una broma? –preguntó el cura.

—No. Creo que son alas –respondió Prudencio mientras se desabrochaba la camisa, como si fuera muy natural que a un hombre le despuntaran las alas.

El cura dio un salto hacia atrás.

—¡Jesús! –exclamó santiguándose-. ¿Qué has hecho?

—Nada, señor cura –replicó Prudencio-. ¿Qué puedo haber hecho?

El cura desapareció por la puerta lateral. Prudencio oyó que abría y cerraba otras puertas y que protestaba o murmuraba algo. Poco después retornó musitando una letanía con un recipiente entre las manos.

—¡Quítese esa camisa! –ordenó con voz firme el cura.

Prudencio obedeció sin chistar.

Sin pedirle permiso, el cura le vació el recipiente de agua bendita sobre la cabeza. Después lo santiguó de los pies a la cabeza, sin rozarlo, y lo tuvo hasta el alba rezándole, y lo salpicaba con aceite y agua bendita, al tiempo que cabeceaba vencido por el sueño.

—Obra del demonio, don Prudencio –sentenció el extenuado cura con las primeras luces del alba –. Retorne a su casa.

Prudencio llegó a su casa cuando los primeros peones eran los únicos habitantes de las calles y arrastraban el sueño bajo las suelas.

Se sentía desconsolado. No fue nunca un gran creyente, tampoco frecuentaba la iglesia ni iba a Misa, pero eso no significaba que ahora tuviera que sufrir las penas del infierno. Después de todo ¿qué hizo más que cometer algún humano y venial pecado?

Para mal de males, desde que el agua bendita le tocó la piel le comenzó una terrible picazón. Rasca que rasca, notó que donde le cayeron las gotas sagradas le surgían de la piel unas pequeñas puntas.

Aterrorizado decidió no salir más de su casa, ni abrir la puerta a nadie, tampoco al doctor Cruz que, alertado por el cura, se apresuró a presenciar el fenómeno con la excusa de llevarle la ayuda de la ciencia.

En poco tiempo ya no pudo ni sentarse en el patiecito a tomar el fresco, porque el pueblo entero lo espiaba. Los vecinos se organizaron y se daban turnos para asomarse sobre el tapial en silencio y sin hacer desórdenes, igual que como se asomaban para ver a los finados en los velatorios, “Evitando alterar el orden público”, como ordenaron las autoridades, y el comisario cerraba un ojo complaciente, ya que era oportuno que los habitantes del pueblo tuvieran alguna diversión más que la timba y el mercado una vez por mes o el prostíbulo en las cercanías.

Confinado como un leproso, el mayor problema de Prudencio era soportar el calor encarcelado en su lata de sardinas, bajo el techo de chapa, al tiempo que consumía con mesura sus provisiones para resistir lo máximo posible.

La vida de don Prudencia siempre fue simple y sin aspiraciones, como la de casi todos en el pueblo, ahora el futuro, que hasta poco tiempo atrás veía como un camino trazado con meticulosa precisión, se mostraba como un terreno incierto que lo atemorizaba. Futuro, ¿qué futuro?

Una mañana en que se despertó de un sueño agitado y sudado ya no se sorprendió al notar las plumas blancas en su espalda, ni tampoco que su nariz adquiría un aspecto ligeramente similar a un pico, y que comenzaba a unirse al labio superior.

Hacía mucho tiempo que se le negaba al espejo, con todo, ahora, sintió la necesidad imperiosa de mirarse.

El espectáculo era ridículo. Sus piernas arqueadas y cortas no mutaron en su aspecto humano, como tampoco lo hicieron sus pies reumáticos. Su pecho de paloma lucía mejor con esas alas en la espalda, y ¡su cabeza! Su cabeza era digna de una mención especial. Sus ojos eran los de siempre, pero con una vaga expresión de soledad, y estaban situados a los lados de la protuberancia amarilla que ahora era su nariz, o quizá su nariz creció lo suficiente como para apretarse contra sus ojos, y la cabeza seguía coronada por sus cabellos grises y rizados, y las arrugas de su frente continuaban apoyadas sobre sus cejas espesas.

No era un pájaro. Tampoco era un hombre.¿Y si nunca hubiera sido un hombre igual que todos los demás? ¿Era ese el motivo por el que no pudo tener hijos?

¿Qué era si no era un hombre? ¿Importa la definición y el aspecto más que aquello que realmente se es? Y si era ESO, ¿qué mal hacía? Ninguno. Pero sabía que la Iglesia y la ciencia buscarían una explicación: para una sería la obra del demonio, y para la otra un bicho digno de estudiar y ni hablar de o que pensaría la gente del pueblo.

No entendía, Prudencio.

Él era el de siempre, su mente, su pensamiento simple, sus sentimientos permanecían inmutables. No obstante, ya no era un hombre y no era el de siempre.

No se daba paz. No existía la paz.

Envuelto en las horas de la noche salió de su casa, furtivo, cubierto por una manta.

Lo siguieron solo unos chiquillos que se habían aventurado hasta la puerta de Prudencio y allí montaban guardia. Como parte de su juego infantil le arrojaron piedras, riéndose en voz baja para no despertar a los vecinos. Prudencio se escapó como pudo y corrió con sus piernas arqueadas y su nuevo traje de plumas recién estrenado, hasta el borde del barranco que caía alto sobre el río de piedras blancas. Allí abandonó la manta y se alzó en vuelo sin gran dificultad. Los chicos quedaron boquiabiertos, incapaces de comprender.

¿Hombre, ave, demonio o ángel?

De la Antología “Opuesto a la naturaleza de las cosas”

Julio 2011

Andrea Zurlo, escritora hispanoamericana. Vive en Florencia, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Miembro Honorario de la Asociación de Escritores de Mérida

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http://www.amazon.com/Vida-y-Escritura-Spanish-Edition-ebook/dp/B00N85DF38

Libro Vida y Escritura

Vida y Escritura

Editorial Diosa Blanca y Editorial SCEL, 2014

Primera edición

Nota preliminar

El Ser del hombre se funda en la Palabra, mas la palabra viene al ser como diálogo

Martin Heidegger

Este libro recoge algunos apuntes y acercamientos a autores, obras y temas de mi preferencia. La mayoría fueron escritos en los últimos diez años y algunos de ellos han sido publicados en diarios y revistas. Escribir sobre un libro es establecer un diálogo lúdico con el autor, libre de cualquier imposición. De allí surgen apreciaciones, confesiones, críticas y comentarios. La verdad no puede ser nombrada, el lenguaje se aproxima más o menos a ella sin tocarla. No obstante, vemos las cosas y las decimos con la fe de los niños que expresan lo que piensan, convencidos de que sus pensamientos y visiones son reales.

El lenguaje nos acompaña dentro y fuera de nosotros como el aire. Sin él la vida humana deja de serlo. Cuando a Confucio le preguntaron qué sería lo primero que haría él si fuera gobernante de un pueblo, contestó:Emprendería la reforma del lenguaje. Porque el significado sesgado o distorsionado que se da a un vocablo, cuando es usado para torcer la voluntad de los ciudadanos, es el mayor de los peligros y la peor violencia que se puede ejercer: abolir el libre albedrío. Si se analiza un régimen desde el punto de vista de la semántica, allí veremos retratadas sus intenciones.

Me atraen las palabras que atraviesan desiertos y suben rocas escarpadas sin perderse. El oficio es tratarlas con delicadeza, sin traicionar la conciencia, tan fácil de empañar como un espejo. Y expresar aquello en lo que se cree asumiendo las consecuencias. Los que se dedican a escribir son vulnerables y prescindibles, y en épocas de gobiernos dictatoriales suelen volverse festín de fieras. Mas, no se puede callar para ser complacientes con la tiranía.

Expreso mi profunda gratitud a Edgar David Vidaurre Miranda, director de la Editorial Diosa Blanca, a por sus generosas consideraciones. A Sofía Greaves y Enrique Vélez por el cuidado en la digitalización del libro. Y también agradezco a los autores que han contribuido a que mi existencia haya sido más significativa y plena. He dejado guardados unos cuantos ensayos sobre otros autores de lectura indispensable, para un próximo libro que está en preparación.

Carmen Cristina Wolf

Santiago de León de Caracas

ÍNDICE DEL LIBRO VIDA Y ESCRITURA

I Tejedores del verbo

Rafael Cadenas: Templanza y honestidad de lenguaje

Elizabeth Schön: En el tránsito hacia el asombro

Luz Machado: Mirada que vigila lo efímero y lo eterno

Eugenio Montejo: Viaje a lo sagrado

Arthur Rimbaud: El lenguaje del alma

Emily Dickinson: Sin trampas de lenguaje

García Lorca: Eternamente joven

Elizabeth Schön: La presencia del Ser

Benito Raúl Losada: Conjuro o poesía?

Luis Alberto Machado: Canto a la Mujer

Armando Rojas Guardia: Íngrimo, a la intemperie

Eduardo Casanova: Última muerte de SimónelTriste

Helena Sassone: Enigmas en el fuego

Juan Liscano: Hijo del Sol y de la Noche

Luis Beltrán Mago y sus poemas esenciales

Alejo Urdaneta: Arte, Intuición e inteligencia

Ana María Del Re: Aún de noche la luz

Joaquín Marta Sosa: En el barco de la memoria

Enrique Viloria: A medio camino

Yolanda Steffens: La vida de Hölderlin

María Zambrano y la vocación de ser

Edgar Vidaurre en el lugar más sosegado

Cintio Vitier: El instante perpetuo de la extrañeza

Harry Almela: La Patria forajida

José Tomás Angola: Sin freno concebido

Lidia Salas: Sedas de otoño

Álvaro Pérez Capiello: Entre la verdad y el engaño

José Pulido: En el bosque del sueño

Lupe Rumazo: Compromiso ético y devoción por la palabra

La voz poética de Aladar Temeshy

Astrid Lander: Antología de Versos de poetisas venezolanas

La mirada en el tiempo en la poesía de Lubio Cardozo

II Creer y descreer

Los riesgos de la libertad

La vocación de nombrar

Territorio iluminado: Las voces pacificadoras de Edda Armas, Magaly Salazar y Anabelle Aguilar

La poética de la casa

El lenguaje, una visión del mundo

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Día del Escritor. Palabras de Edgar Vidaurre

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Toda la oscuridad en el mundo, no podrá jamás

con la sola luz de una vela..

San Francisco de Asis – Las Florecillas

Gracia y benignidad para todos

Por motivos personales no estoy ahora presente con ustedes en esta fecha tan importante en la cualcelebramos el día del escritor, que signa para nosotros los escritores venezolanos el natalicio de Don Andrés Bello, por lo que he rogado a nuestra querida Carmen Cristina Wolf, les lea estas cortas palabras de saludo y sobre todo de esperanza.

Digo esperanza pues Venezuela está hoy viviendo momentos de oscuridad, momentos en donde el odio, la exclusión y la intolerancia, han permeado el corazón mismo de la sociedad y a veces nuestro propio e individual corazón. Son precisamente estos los motivos para haber hecho este corto viaje que me impide hoy estar con ustedes, y así peregrinar para encontrar mi centro, mi núcleo anímico, la razón necesaria y el sentido para resistir y trascender la situacion que hoy todos los venezolanos (menos aquellos que ocupan el poder, cualquiera sea su advocacion) padecemos, no sólo en los aspectos económicos, sino en nuestros valores sociales, familiares y personales..

El corazón de este viaje es la ciudad de Assisi, lugar en donde floreció sobre el año 1300 y justamente a raíz de un proceso de crisis, la que sin duda alguna fue la primera obra escrita en el idioma italiano, lengua recién nacida para ese momento y la más reciente de todas las lenguas romances: me refiero a las pequenas y dulces “Fioretti” de San Francisco. A partir de ese evento y de esa eclosión extraodinaria, surgieron, casi de inmediato, poetas como el Dante, Petrarca, Gaspara Stampa, Vittoria Colonna (sin olvidarnos de los sonetos de Miguel Angel) hasta llegar a esos maravillosos poetas como lo son Ungaretti, Montale, Quasimodo, Pavese o Antonia Pozzi. A esto habría que sumarle los grandes narradores en esa lengua como lo fueron en sus inicios, Boccacio, Maquiavelo, hasta llegar a los maravillosos Papini, Carducci, Deledda, Dario Fo, Pirandelo, Malaparte y otros tantos.

Aunque casi todos estos escritores en algún momento de su vida tuvieron que rebelarse contra los regimenes que los gobernaban, y en algunos casos provocaron las transiciones de sus sociedades hacia la luz, el caso de San Francisco es un hito incontrovertible dentro del fenómeno literario. En su revolución espiritual, Italia se encontraba en plena tensión y en guerras intestinas entre los nobles y los burgueses, entre los burgueses y los pobres, entre los pobres y los nobles. A su vez otros reinos de Europa mantenían entre sí guerras interminables, algunas incluso (o casi todas) promovidas por la Santa Madre Iglesia. Se estaban gestando y produciendo las grandes guerras religiosas y las cruzadas, siendo que todos los valores espirituales del hombre habían sido raptados y secuestrados por los poderes encarnados en los reinados y principados, utilizando estos mismos valores como estandartes para totalizar y ejercer el poder, dividiendo y destrozando el tejido de las sociedades a través de la instalación del odio, la exclusión y la intolerancia.

No es nuevo pues el sufrimiento de las sociedades por parte de regímenes que ellas mismas se han impuesto por la falta de conciencIa colectiva o por el olvido de ese procesos histórico por parte de las nuevas generaciones. Y para eso son precisamente los artistas y los escritores. Para registrar la tensión perpetua entre la luz la sombra, para armonizarla, matizarla y dejar la evidencia de lo que puede hacer el mal a fin de que las generaciones futuras nunca lo olviden.

Creo profundamente que la crisis que en estos momentos vivimos los venezolanos, nos debe transformar en el entendimiento de los valores más esenciales y poder así revocar nuestras circunstancias. Que esta generación de escritores que hoy estamos sentados aqui celebrando el día del escritor, somos privilegiados, pues nos toca y nos seguirá tocando por algún tiempo más, llevar la luz, promover la esperanza y mostrar los caminos de retorno al hombre en la mayor inocencia posible, que no es otra que la de la belleza.

Viendo en estos días un cuadro extraordinariamente conmovedor en donde se aprecia la entrada de San francisco descalzo y casi desnudo en la gran sala papal de Roma, contrastando con la magnificencia y riqueza del traje de Inocencio III y el lujo extremo y exuberante del salón, recordé el diálogo entre ellos, cuando el pobre de Asís, que se llamaba a sí mismo “EL juglar de Dios” le cantó a viva voz sus poemas y canciones, terminando con el cántico de las criaturas y las contundentes verdades del dulce Sermón de la montana mirándoles la cara a todos los cardenales del recinto. En ese justo momento, El Papa no pudo contenerse, se despojó del manto Papal del poder, de sus insignias, y bajando más de 150 escalones para descender hacia donde estaba el santo le respondió: “No es el poder ni la fuerza, ni la guerra quienes preservan al hombre. Esas son mas bien, las causas de su desánimo, de su pérdida de la fe, de la pérdida de la esperanza…hoy tú nos has recordado algo que estaba más atrás y previo al pecado original, que no es otra cosa que la inocencia original.”

Sigamos pues celebrando este día y todos los días encendiendo luces, labrando la esperanza, registrando esta oposición que hoy hacemos a los antivalores que nos gobiernan para que las generaciones futuras nunca olviden, y tengan la certeza que “toda la oscuridad en el mundo, no podrá jamás con la sola luz de una vela…”

Salud

Edgar Vidaurre*

27 de noviembre de 2016

*Poeta, ensayista, editor, Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela

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La poética de la casa

Por Carmen Cristina Wolf Este texto forma parte del libro Vida y escritura, publicado en Amazon en 2014 por los editores Enrique Vélez Rosas y Sofía Greaves y con una nueva versión revisada para pr…

Origen: La poética de la casa

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La poética de la casa

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Por Carmen Cristina Wolf

Este texto forma parte del libro Vida y escritura, publicado en Amazon en 2014 por los editores Enrique Vélez Rosas y Sofía Greaves y con una nueva versión revisada para próxima publicación impresa.

Cuando me invade el temor, el desasosiego o la angustia ante la amenaza de los tiempos actuales, vuelvo a leer a Baudelaire, en su libro Los Paraísos Artificiales, quien describe la felicidad de Thomas de Quincey, resguardado en su habitación y leyendo a Kant, mientras afuera la nieve había decidido cubrir el mundo y pregunta: “Una agradable habitación, no hace más poético el invierno, ¿y no aumenta el invierno la poesía en la habitación?”.

En este país del trópico, donde la nieve nos ignora, me refiero a este tema por cuanto una tormenta de nieve puede equipararse a los peligros de la noche en nuestra ciudad de Caracas que, sobre todo cuando no hay luna, son aún mas feroces que las tormentas. A menos que estemos en casa. Es mejor quedarse en la habitación a resguardo de aquellos seres que han perdido la conciencia y no nos ven como sus hermanos.

El poeta Rilke, se siente sobrecogido en medio de la tormenta y escribe: “¿Sabes tú que en la ciudad me asustan esos huracanes nocturnos? Diríase que en su orgullo, los elementos ni siquiera nos ven”. Y en un poema, nos dice:

Por qué arrastrarme a esos torbellinos

de confusión y luces?

No quiero ya mirar vuestra locura.

Yo quiero, como un niño, enfermo y en su estancia,

solitario, secreta la sonrisa,

erigir día tras día ensueños suavemente”.

(De Primeras Poesías)

Bachelard, en su Poética del espacio, le otorga entidad a la casa, refiriéndose al “drama cósmico” que esta debe sobrellevar, personificada en un cuerpo que siente y sufre. Él prepara el momento de la tempestad recreando la inmensidad del silencio: “Nada sugiere, como el silencio, el sentimiento de los espacios ilimitados (…). Los ríos colorean su extensión y le dan una especie de cuerpo sonoro (…) es la sensación de lo vasto, de lo profundo, de lo ilimitado, que se apodera de nosotros en el silencio. Me invadió, y fui, durante unos minutos confundido con la paz nocturna. La paz tenía un cuerpo. Prendido en la noche. Hecho de la noche. Un cuerpo real. Un cuerpo inmóvil. Luego viene la angustia cósmica que preludia la tempestad. Se abren las gargantas del viento”.

Las fuerzas del cielo se desatan y somos como las ramas indefensas de un gran árbol. Ah, pero la casa nos protege, nos guarda, la habitación nos arropa y nos abraza para que nada malo nos suceda. La casa adquiere la realidad de un ser amable y protector.

La casa, sea humilde o lujosa, es una de las cosas preciadas que tenemos. Así sea una habitación, nuestra habitación, ella es la madre que nos arropa en la oscuridad amenazante.

Cuánto debo agradecer a mis abuelos y a mis padres el haberme proporcionado una casa. Recuerdo con veneración la casa de los abuelos Benito y Zoilita, acogedora, con sus cómodas poltronas, los libros, la máquina de coser, el viejo radio Singer, la hamaca… Sobre todo, el patio, con su árbol de mango, que nos parecía tan grande. Una casa con techo a dos aguas, de tejas verdaderas, de ventanas sin rejas. En lugar de muro, un seto de arbustos. Porque no había nada que temer.

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Hoy recuerdo la casa del abuelo, con su serena sabiduría, siempre enseñándonos gramática y literatura. Mamaíta, con sus consejos sobre cómo llevar un hogar y sus meriendas tan deliciosas…

Cada vez que paso por la quinta Alma, en Las Mercedes, en Caracas, que todavía conserva algo de la magia y la elegancia que una vez tuvo, no puedo menos que dar gracias a ellos y a Dios, porque allí viví los mejores días de mi vida. Cuando tiempos lejanos me llevan a Lobaterra, la casa colonial del abuelo Federico en San Esteban, vienen a mi memoria los juegos en el río, el croar de las ranitas, los enormes árboles de caimito, el miedo a los fantasmas que rondan los viejos muros. El susurro del viento entre las ramas…

Amo mi casa, con su ausencia de pretensiones y sobre todo mi habitación, testigo de tanto escribir poemas y notas sin importancia. Y tengo presente a Virginia Woolf, para quien la felicidad y realización de una mujer escritora consistía en disponer de treinta libras al año y una habitación propia. Es bastante.

En Santiago de León de Caracas

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Elizabeth Schön: En el Tránsito hacia el asombro

Este ensayo pertenece a la primera edición del libro Vida y escritura, publicado en Amazon

Libro Vida y Escritura

  1. Por Carmen Cristina Wolf

Una Visita al Hogar de la Diosa Blanca

Siempre que viene a mi memoria la poeta venezolana Elizabeth Schön, recuerdo su mirada de un azul intenso como las aguas que rodean la isla de Los Roques, en Venezuela. Mirada límpida, maneras afectuosas, el modo gentil de tratar a las personas. Y sobre todo, su profundo análisis de las cosas, desde las más pequeñas, como una semilla, una piedrecilla de río o el golpeteo sempiterno de las olas, hasta su visión metafísica del mundo y del ser.

Una tarde fuimos a visitarla los poetas Rosa Melo, Edgar Vidaurre, Ruth Vidaurre, el artista plástico Oscar Sjöstrand y yo. De la conversación y la lectura de poemas, pasamos a la música, y ella me prestó un cuatro. Al comenzar a cantar una tonada de Simón Díaz, Elizabeth comenzó a llorar silenciosamente. Nos explicó por qué. Era la primera vez que se escuchaban las notas de aquel instrumento desde que Alfredo Cortina, su esposo, falleció.

Todo el que hablaba con Elizabeth Schön, o le daba a leer sus versos, no la olvidó jamás. En el transcurso de mi vida, la lectura de su poesía se ha entrelazado íntimamente con mis vivencias. Me siento bendecida por haber tenido acceso a la obra poética de esta mujer venezolana, voz fundamental de la literatura contemporánea. He aquí los versos seleccionados para la convocatoria al Octavo Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Elizabeth, que se celebró en abril del 2008:

En el tránsito del asombro hacia otro asombro

se desborda lo inagotable del Ser”.

(Elizabeth Schön)

A continuación, me refiero a algunos recuerdos de la niñez que regresaron a leyendo algunos poemas de Elizabeth Schön. Memorias de nuestras vacaciones en San Esteban, cuando el verano era un vaso de oro desparramándose. Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas y sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico. Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Louise May Alcott, Salgari y los cuentos de Julio Garmendia. Comer mangos, guayabas y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo, a diez minutos de Puerto Cabello, en las orillas del río San Esteban, cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.

Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta, en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo conque aparecen todas las cosas que nos rodean. Elizabeth Schön escribe:

Si miras el agua miras al cielo. / Si miras al niño miras al agua y al cielo”.

Levantarse al amanecer no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.

Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama. El abuelo Federico, rastrillaba las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas. Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja y allí estaba: el río,con infinito blusón deslizante, con su borboteo comoun reguero de polen multiplicándose, el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cercay tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia.El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia.

El agua del río conducía un millón de años de hojas caídas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua, alborotándola. El abuelo había construido un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos a la orilla. El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.

En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imaginábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la gran serpiente que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ellano hacía nada, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa. En el libro de SchönEs oír la vertiente(1973), Elizabeth publica poemas sobre la realidad del miedo, unos poemas que hasta hace muy poco me hacía daño leer:

Hay miedo. / Ya el árbol se achica / en tanto va angostándose la luz / hasta cerrar la última hendija. Piérdese el pulso / olvídase el ritmo / en la piel solo agotamiento / y sobre ella el aire, / el sol / el agua / el hombre, / la tierra (…)”. Estos poemas no los leí en la época en que escribí esta nota, no forman parte de estos recuerdos de la niñez, que continúan así: Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando, meciéndonos, oyendo susurrar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía entre el cielo y el murmullo de la vegetación.

Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios, orondos. Vivíamosen el centro de la oscura y primaria semilla”.

No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera alegría, celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.

Todo estaba en los bandos. Cada cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, el olor a monte, el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

En la infancia todo era sorpresa, no obstante nada nos era extraño. La vida era cercanía y lejanía imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida (…)”.

Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos del miedo, no sabíamos cómo se definía la vida y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar, ¿qué es la vida?

No sentíamos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien profundamente enamorado, a quien podíamos llamar Padre. Aquel que ama a la humanidad tanto como se ama a mismo.

Esa infancia todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien actúa de manera perversa, creo que sufre la enfermedad de ausencia de amor. Las ofensas, las acusaciones nacen del miedo, brotan porque ignoramos que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en su propio ser.

No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo más que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas corresponden a los librosDel antiguo labrador,El abuelo, la cesta y el maryEs oír la vertiente, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.

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en el corazón de las cosas”

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Entrevista a la escritora venezolana Nery Russo

NERY RUSSO

Cuando le pregunto por la situación actual de Venezuela, n

Hace un tiempo tuve el gusto de visitar el hogar de la escritora venezolana Nery Russo. Elegantemente vestida, peinada con cuidado y el maquillaje discreto, de punta en blanco como decían los caraqueños de principios del siglo XX, nos recibe la polifacética dama a Heberto Gamero y a esta admiradora, dispuesta a concederme una entrevista para la revista del Círculo de Escritores de Venezuela.

Después de los saludos de rigor nos cuenta que nació en Río Caribe, Estado Sucre, cerca del mar y de las colinas donde termina la Cordillera de la Costa, lo que de alguna forma debe de haber influido en su espíritu de mujer libre, luchadora y de una jovialidad que todavía hoy, a los 99 años, refleja en su trato y cordialidad. Es una mujer de temperamento vital, mirada penetrante y sonrisa fácil. Le pregunto por su infancia y dice que siempre era la primera de la clase. Sus maestras la tomaban en cuenta por su aplicación e inteligencia, por su desenvoltura y buena dicción. Por lo general la elegían para actuar en los actos de fin de curso, leer poemas y discursos.

Comenzó a escribir desde los 14 años. Su primer libro lo publicó en la década del 40: “Norte y Sur de mi mundo”, y confiesa con humor y cierta ironía que este libro “no tenía norte ni tenía sur”.

A los 16 años vino a estudiar a Caracas y se graduó de periodista en la Universidad Central de Venezuela. Desde muy joven comenzó a escribir reseñas y crónicas para algunos diarios como La Esfera, El Heraldo, El Universal y El Nacional. Fundó la revista Páginas, con temas sociales, políticos, culturales, de farándula y recreativos. Nueve años después fundó la revista Ellas. Fue una promotora cultural de primer orden.

Nery Russo tuvo al mismo tiempo una intensa vida social que la llevó a crear el certamen Princesita Venezuela. Perteneció a la Asociación Venezolana de Autores y Compositores (AVAC), fundada por la compositora María Luisa Escobar, de quien afirma: “Era como una madre para mí”. Nery Russo fue asimismo cofundadora del Colegio Nacional de Periodistas y Miembro del Ateneo de Caracas. Actualmente es Miembro activo del Círculo de Escritores de Venezuela y algunos de sus poemas están recogidos en la Antología Poética de nuestro Círculo.

Cuando le pregunto por su actuación en la política señala que nunca se sintió atraída por ocupar cargos públicos ni por descollar en este campo. Sus intereses iban más bien hacia el periodismo. Escribió numerosos artículos en este sentido y aunque que no participó como activista político asistía a las manifestaciones por la conquista del sufragio de las mujeres.

Sus novelas Zori, La mujer del caudillo y Con los pasos del perro tuvieron gran acogida en su época. La mujer del caudillo, biografía novelada de Luisa Cáceres de Arismendi, fue lectura obligatoria en los colegios durante varias décadas.  Escribió también un hermoso libro dedicado el Ávila y en la actualidad escribe una novela autobiográfica muy extensa. “Casi mil páginas”, dice entre risas.

Cuando le pregunto por la situación actual de Venezuela, nos dice: “Yo estoy muy descontenta con la situación que vive mi país, con la sociedad enfrentada y dividida y por la descomposición social, falta de valores y el resentimiento que se ha creado. Es muy triste todo esto, señala.

En su apartamento predomina un ambiente propio de una escritora. Una valiosa colección de cuadros de pintores venezolanos y extranjeros ocupan casi todas las paredes. En el centro de la sala, un hermoso retrato suyo realizado por su ex-esposo, el pintor español Felipe Vallejo, nos la muestra en todo su esplendor. Flores y delicadas figuras de porcelana de Sèvres adornan la mesa de centro y laterales. Cientos de libros integran su biblioteca y un escritorio cuidadosamente ordenado conforman su mundo de letras y memorias. Más allá, un mueble con puertas de vidrio guarda todas las medallas, premios y diplomas recibidos.

Luego de un delicioso té servido por la propia Nery Russo, nos despedimos de esta mujer que todavía ostenta el título de condesa, al contraer nupcias con el Conde italiano Hugo de Chiara Falangola.

Nery Russo, un personaje, un ejemplo, una vida de trabajo incansable. Una admirable mujer.

Para finalizar manifiesto mi profunda gratitud a Heberto Gamero Contín por su gentileza al haber propiciado este encuentro inolvidable.

Carmen Cristina Wolf

Santiago de León de Caracas

26 de octubre de 2015

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Selección de poemas de Carmen Cristina Wolf

C. Cristina en el piano

MANOS VIAJERAS

Autora: Carmen Cristina Wolf

I

Con la perseverancia de semilla

las manos interrogan la palabra

que cae bajo el peso de las cosas

y transportan cansancios de la sangre

la dulce muerte mínima

textura, impactos, roces

abrazos de las formas.

Manos viajeras

en los pasos del tiempo.

Mis manos acarician la seda de la nieve

reconocen arenas del camino, verde de las riberas

desaplican las cartas, cascan nueces, aplauden

soportan asperezas, doblan colchas

trenzan lazos, escriben

se vuelven rojas, pálidas,

se estremecen antes y después de la cocina,

del jabón, del carbón.

II

Obreras en cortejo

hacen café, rebanan zanahorias

sirven almuerzos, planchan

encienden los candiles

y ponen a bailar la batidora

En las mañanas,

incluidos los domingos amados

ellas nunca se aburren, diligentes

acarician el árbol

y con algo de prisa saludan

a un dama de paso

Acarician el ceño de una frente dormida

entreabren la persiana y cierran los balcones

para no interrumpir la muerte mínima

Arrojan en la alfombra los dibujos, los libros.

III

En las noches

luego de innumerables gestos me acompañan

sentándose conmigo en el sillón

Sin reposo

pasan páginas, cosen

dibujan geometrías en el aire

y lucen sus pulseras.

IV

Quisiera reposar en mis manos ahora

No deseo sentir el frío del volante

o la mínima curva del teclado

Prefiero las tijeras de podar

sin hojear las páginas del diario

Ya no soporto

leer la guerra en oriente,

la miseria en el sur, los secuestros al este

los ajusticiamientos, las mujeres golpeadas

V

Las manos hilan en su rueca de horas

sin importar presagios inquietantes

se yerguen más allá de su indigencia

no llevan cuenta de su desamparo

en este corazón cosido a la galaxia

Si lo hicieran

no se moverían más

no encontrarían el rastro para volver al polen

ni hallarían gozo

en el vórtice de líneas en conflicto

esas coordenadas efímeras del alma

Es tarde

aun en el fondo de la noche

no abandonan su costumbre de amar

reclinan la fatiga en el silencio

y las manos retiran cobertores

sirven vasos de leche

y acompañan las últimas historias

Las hadas y los duendes

las conducen al libro de los cuentos de infantes

y así cumplen su ciclo

eterno de palabras

 

Del libro “Huésped del amanecer” Publicado por la Universidad Nacional Abierta

Carmen Cristina Wolf 2Carmen Cristina Wolf

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Elizabeth Schön: Tránsito del asombro hacia otro asombro

   Elizabeth S y Carmen Cristina 2006

                                    Foto en casa de Elizabeth Schön con C. C. Wolf

      Por Carmen Cristina Wolf 

      Una Visita al hogar de la diosa blanca

Siempre que viene a mi memoria la poeta venezolana Elizabeth Schön, recuerdo su mirada de un azul intenso como las aguas que rodean la isla de Los Roques, en Venezuela. Mirada límpida, maneras afectuosas, el modo gentil de tratar a las personas. Y sobre todo, su profundo análisis de las cosas, desde las más pequeñas, como una semilla, una piedrecilla de río o el golpeteo sempiterno de las olas, hasta su visión metafísica del mundo y del ser.

Una tarde fuimos a visitarla los poetas Rosa Melo, Edgar Vidaurre, Ruth Vidaurre, el artista plástico Oscar Sjöstrand y yo. De la conversación y la lectura de poemas, pasamos a la música, y ella me prestó un cuatro. Al comenzar a cantar una tonada de Simón Díaz, Elizabeth comenzó a llorar silenciosamente. Nos explicó por qué. Era la primera vez que se escuchaban las notas de aquel instrumento desde que Alfredo Cortina, su esposo, falleció.

Todo el que hablaba con Elizabeth Schön, o le daba a leer sus versos, no la olvidó jamás. En el transcurso de mi vida, la lectura de su poesía se ha entrelazado íntimamente con mis vivencias. Me siento bendecida por haber tenido acceso a la obra poética de esta mujer venezolana, voz fundamental de la literatura contemporánea. He aquí los versos seleccionados para la convocatoria al Octavo Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Elizabeth, que se celebró en abril del 2008:

En el tránsito del asombro hacia otro asombro

se desborda lo inagotable del Ser”.

(Elizabeth Schön)

2     Recuerdos de la infancia y sus poemas

A continuación, me refiero a algunos recuerdos de la niñez que regresaron a leyendo algunos poemas de Elizabeth Schön. Memorias de nuestras vacaciones en San Esteban, cuando el verano era un vaso de oro desparramándose. Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas y sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico. Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Louise May Alcott, Salgari y los cuentos de Julio Garmendia. Comer mangos, guayabas y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo, a diez minutos de Puerto Cabello, en las orillas del río San Esteban, cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.

Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta, en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo conque aparecen todas las cosas que nos rodean. Elizabeth Schön escribe:

Si miras el agua miras al cielo. / Si miras al niño miras al agua y al cielo”.

Shön, Vidaurre y Wolf

                              En casa de Elizabeth Schön, con Edgar Vidaurre y Carmen Cristina Wolf

Levantarse al amanecer no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.

Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama. El abuelo Federico, rastrillaba las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas. Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja y allí estaba: el río,con infinito blusón deslizante, con su borboteo comoun reguero de polen multiplicándose, el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cercay tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia.El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia.

El agua del río conducía un millón de años de hojas caídas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua, alborotándola. El abuelo había construido un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos a la orilla. El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.

En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imaginábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la gran serpiente que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ellano hacía nada, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa. En el libro de SchönEs oír la vertiente(1973), Elizabeth publica poemas sobre la realidad del miedo, unos poemas que hasta hace muy poco me hacía daño leer:

Hay miedo. / Ya el árbol se achica / en tanto va angostándose la luz / hasta cerrar la última hendija. Piérdese el pulso / olvídase el ritmo / en la piel solo agotamiento / y sobre ella el aire, / el sol / el agua / el hombre, / la tierra (…)”. Estos poemas no los leí en la época en que escribí esta nota, no forman parte de estos recuerdos de la niñez, que continúan así: Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando, meciéndonos, oyendo susurrar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía entre el cielo y el murmullo de la vegetación.

Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios, orondos. Vivíamosen el centro de la oscura y primaria semilla”.

No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera alegría, celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.

Todo estaba en los bandos. Cada cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, el olor a monte, el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

En la infancia todo era sorpresa, no obstante nada nos era extraño. La vida era cercanía y lejanía imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida (…)”.

Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos del miedo, no sabíamos cómo se definía la vida y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar, ¿qué es la vida?

No sentíamos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien profundamente enamorado, a quien podíamos llamar Padre. Aquel que ama a la humanidad tanto como se ama a mismo.

Esa infancia todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien actúa de manera perversa, creo que sufre la enfermedad de ausencia de amor. Las ofensas, las acusaciones nacen del miedo, brotan porque ignoramos que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en su propio ser.

No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo más que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas corresponden a los librosDel antiguo labrador,El abuelo, la cesta y el maryEs oír la vertiente, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.

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