Fragmento del libro Vida y Escritura

 

“En 1984 Rafael Cadenas Cadenas escribe: () La situación de deterioro que he descrito de manera muy sucinta tiene graves consecuencias para el venezolano. El desconocimiento de su lengua lo limita como ser humano en todo sentido. Lo traba; le impide pensar, dado que sin lenguaje esta función se torna imposible; lo priva de la herencia cultural de la humanidad () lo convierte en presa de embaucadores, pues la ignorancia lo torna inerme ante ellos y no lo deja detectar la mentira en el lenguaje() Nunca como hoy tiene validez esta aseveración, cuando la falsedad se extiende cada vez más en casi todos los ámbitos.

Estamos ante una de las reflexiones más importantes contenidas en este libro. Un lenguaje deficiente y empobrecido hace a un pueblo esclavo de la ignorancia. Con frecuencia recuerdo las palabras del profesor de Fonética Higgins, personaje de la obra Pigmalión de Bernard Shaw, que se conduele amargamente de la joven vendedora de flores por su “espantosa” manera de hablar, con graves errores en la pronunciación del idioma inglés. Él asegura que si tuviera ocasión de enseñarle a expresarse correctamente, la joven se convertiría en una dama capaz de ser la dueña de una floristería. No es asunto de afincarse en el sentido utilitario de dominar una lengua, más bien se trata del dolor que causa el incomprensible desprecio por aquello que nos es más ínsito. No amar el lenguaje es dejar de amarnos a nosotros mismos.”

Carmen Cristina Wolf

Fragmento de ensayo “Templanza y honestidad de lenguaje”, publicado en el libro

Vida y Escritura, publicado en Amazon. Caracas 2014

Editorial Diosa Blanca y Editorial SCEL

 

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Vigas fuertes en la poesía de Carmen Cristina Wolf

Por Alfredo Pérez Alencart Universidad de Salamanca Oigo a una voz necesariamente enclaustrada rompiendo complicadas geografías, no sin antes advertir: “No abandones tu rincón secreto / sin tender el hilo que te llevará de vuelta”. Es, me percato, la poeta C. C. W., erigiendo un orbe nuevo para que sus invocaciones se posen sobre […]

a través de Vigas fuertes en la poesía de Carmen Cristina Wolf — La llama incesante. Carmen Cristina Wolf

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Vigas fuertes en la poesía de Carmen Cristina Wolf

carmen-cristina-wolf-2008

Por Alfredo Pérez Alencart

 

Universidad de Salamanca

Oigo a una voz necesariamente enclaustrada rompiendo complicadas geografías, no sin antes advertir:No abandones tu rincón secreto / sin tender el hilo que te llevará de vuelta. Es, me percato, la poeta C. C. W., erigiendo un orbe nuevo para que sus invocaciones se posen sobre el oro molido del recuerdo, cierto, pero también dentro de la certeza de los sueños: Eres el sueño de aquel / en quien florecen siempre las palabras, como tan bellamente anota en otro de los diecisiete cánticos acopiados lentamente, cuales frutos de su inabarcable vida interior, porque son muchas las vidas que salen por las ventanas de su Espíritu; es más, algunas todavía no han nacido en esa casa cómplice del Tiempo: Me acostumbré a vivir / con un pie en su morada // y otro en el infinito.

Ella, que nunca abandona a sus amigos (confesión de antaño y de hoy, cual refugio), teje las sílabas de de este Vértigo hondo de presencia, con la alquimia del milagro de vivir y las brasas ardientes del amor-amante: No dejes caer la noche sin decírselo. / La rosa no se avergüenza de velar / en lucidez al alba.

Confluyen ausencias, desolaciones, promesas, años de niñez, manos, viajes, esperanzasLos textos se desbordan y se contienen, siempre en espera de un corazón que los sienta y los adopte. El mío lo torna su alimento y publicita la afirmación lírica-aforística de Carmen Cristina Wolf.

Celebro este alumbramiento múltiple. Celébrenlo conmigo, repitiendo al menos un par de versos: La espera, un eterno comienzo /El oficio, aguardar / en la ciudad que se abre al horizonte.

Octubre y en Tejares (2010)

Alfredo Pérez Alencart

Universidad de Salamanca

S

Selección del Libro: Atavíos

1 LA CASA Carmen Cristina Wolf

¿Es ciego el giro de la casa

tan solitaria y huérfana?

Será que se detiene algunos días

sin darnos cuenta

se acicala con campos de espigas

y trae consuelo a dolores antiguos

La mecedora de la abuela levita suavemente

la persiana se mueve

.-.-.-.-

en clave morse

se balancea el móvil de corales

Millones de mensajes cruzan el corredor

sin golpear los retratos

provenientes de los siete confines

El aire se recrea con murmullos

salidos de laptops relucientes

El caserón de todos, no sabemos por qué

sonríe desde su pétrea hondura

le gusta cambiarse los vestidos

y lavarse la cara de pisadas maléficas

o besarse ella misma las memorias

Algunos días soleados acostumbro

acariciar los prados y dejarme

cobijar por la sombra

de las interminables filas de palmeras

mientras cientos de pies dejan huella impaciente

en los portales, apenas entran y ya van saliendo

para dejarse caer un día u otro

en su regazo interminable

Me acostumbré a vivir

un poco en su morada

y por instantes en el infinito

& & &

2 ORIGEN Carmen Cristina Wolf

Eres el sueño de aquél

en quien florecen siempre las palabras

Entre piedras que exudaban templanza,

caíste millares de veces en las playas de todos los océanos

Cuando aún no existía el cántaro ni el día,

se cumplió el ritual de la gota de luz en la penumbra

Sudaste al calor de ríos de lava y al frío de las cavernas

confundida entre hipocampos y corales

enredada en celacantos sin mirada

Las tortugas gigantes llevaban en sus casas

grabadas las señales del que sería mi cuerpo y el de todos

Había un itinerario

en el centro del alma, era fácil sentirlo

casi imposible hallarlo persiguiendo las sombras

Era extravío seguro atarse a los deseos

& & &

3 PROMESA Carmen Cristina Wolf

Traje conmigo algunas piedras de la ciudad perdida

y un puñado de versos sin destino

Respirar lo imposible, no esperar noticias

recrearse en la experiencia de la sed

El oleaje aparenta una conversación con las otras máscaras

Mejor no oír su voz, quebrantaría el inquieto sosiego del mar

Si los sueños dejaran de serlo se perdería el gozo de la promesa

La espera, un eterno comienzo

Miré en celaje el vuelo de tus cabellos a través de la vidriera

Recé para que no fueras tú. Así nunca te poseería del todo

El vuelo del alma no debe caer abatido en la piedra más honda.

El oficio, aguardar

en la ciudad que se abre al horizonte

& & &

4 AUSENCIA Carmen Cristina Wolf

Los minerales permanecían mudos

sus contornos buscaban las formas

– aún no había tonos verdes

El germen de conciencia

se dejaba ceñir por los océanos

Él se acercó, tenía atisbos de aurora en su mirada

mis manos fueron el refugio exacto de sus cabello

un temblor de sangre abrasó mis entrañas

Desde entonces –cuando regreso a este mundo-

suelo sentir los pasos de su ausencia

& & &

5 MEMORIA Carmen Cristina Wolf

Él nombraba las cosas con sonidos graves y conocí la risa

su porte recordaba el vuelo del albatros y el tornasol del tigre

Íbamos los dos solos intensamente unidos

Desde entonces, asistí innumerables veces a nuestro nacimiento

Alguna vez regresa el esplendor

Espero que regrese su mirada de mineral profundo

& & &

6 INFANCIA Carmen Cristina Wolf

Me encuentro entre los niños que abandonaron pronto los patines

y le fueron infieles a los cuentos por viajar en un tren de compromisos

Osar volver a ser

un corazón de pequeño latido

pasear de nuevo en el camión de los bomberos

Eso haré, si es posible

dibujaré un caballo estremecido de praderas

pintaré líneas de tiza en el garaje

para advertir al auto que detenga sus ruedas

Es el espacio de los pies desnudos

con cientos de caminos y tréboles insensatos

& & &

7 AMANTE Carmen Cristina Wolf

No dejes caer la noche sin decírselo

La rosa no se avergüenza de velar

en lucidez al alba

Tu cuerpo suele ser la casa

soñada en los días del verano

y aún callas, tontuelo!

Mejor un instante de atrevido sonrojo

a mil versos de sensata palidez

*Selección de poemas de Carmen Cristina wolf, escritora venezolana

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Concepción platónica del alma y su relación con el pensamiento oriental

Libro antiguo y vela 1

Por Ernesto Marrero

En su apasionante y trascendente obra literaria el Fedón, Platón nos narra la conversación que sostuvo Sócrates en la prisión con sus discípulos los días que precedieron a su ejecución, acerca de la inmortalidad del alma y el significado de la vida para un filósofo.

En el presente relato resulta difícil distinguir cuando es Platón quien está hablando o si es realmente Sócrates, pero para el presente artículo trataremos de analizarlo como el aporte platónico hacia una nueva concepción del alma. A la vez mostraremos la correlación que existe, en muchos casos, con la filosofía oriental.

La idea de que existe una psique (psyché), o alma, era apreciada dentro de la antigua cultura griega como un Principio Vital; es decir, una especie de potencia o capacidad que da vida a los seres, la cual terminaría desvaneciéndose finalmente en el Hades como una tenue sombra que se desdibuja en la lejanía. Pero Platón le da una concepción distinta a ésta. Indica que es inmortal, transmigra de unos cuerpos a otros; es decir, que incorpora el principio de la reencarnación y es el verdadero aposento en que irradia la fuente del conocimiento. Esta idea pudiera provenir de fuentes pitagóricas que, a su vez, pudo tener influencia del Orfismo aunque también se debe resaltar que en los países orientales ya se manejaban estos conceptos con naturalidad. El famoso libro de los yoghis El Bhagavad Guita, dice al respecto:

El espíritu nunca nace y nunca muere: es eterno. Nunca ha nacido, está más allá del tiempo; del que ha pasado y del que ha de venir. No muere cuando el cuerpo muere1[1].

Y más adelante nos advierte: Al igual que un hombre se quita un vestido viejo y se pone otro nuevo, el Espíritu abandona su cuerpo mortal para tomar otro nuevo2[2].

Esta argumentación resulta de interés para un estudio filosófico teórico, pero en el caso de Sócrates llama la atención otro factor importante para estudiar y es la forma de llevar a la práctica lo que en vida predicaba. Dicho ejemplo lo sugirió también Confucio en una oportunidad: El más elevado tipo de hombre es el que obra antes de hablar y práctica lo que profesa. Sócrates comienza a destacar que el verdadero filósofo debe practicar lo que enseña, actuar de acuerdo con la virtud y además afrontar a la muerte con valentía, ya que a este tipo de individuo les esperaría una vida mejor junto a los dioses el día de su partida del mundo material. Así le comunicó a sus amigos Simmias y Cebes (principales interlocutores del Fedón):

[…]De modo que por eso no me irrito en tal manera, sino que estoy bien esperanzado de que hay algo para los muertos y que es, como se dice desde antiguo, mucho mejor para los buenos que para los malos3[3].

Y luego le dijo a Simmias: […]Me resulta lógico que un hombre que de verdad ha dedicado su vida a la filosofía, en trance de morir, tenga valor y esté bien esperanzado de que allá va a obtener los mayores bienes, una vez que muera4[4].

En el Fedón se logra alcanzar una separación radical entre cuerpo y alma. Se le da una imagen al cuerpo de cárcel y, posterior a la muerte, el alma quedará liberada de estas ataduras que no dejan que podamos percibir la realidad de las cosas, ya que los sentidos nos causan un estorbo constante y no permiten que el alma pueda concebir totalmente la verdad. Sobre este punto resulta importante comparar lo que dice El Bhagavad Guita: La impetuosa voluptuosidad de los sentidos arrastra la mente hacia las cosas externas, perturbando así a los hombres sabios, buscadores de la perfección5[5].

El aprisionamiento del alma, explica Sócrates, se debe al deseo, de tal modo que el propio encadenado puede ser colaborador de su estar aprisionado. Los antiguos Upanishads también nos explican que la mente impura está determinada por los deseos, en cambio la pura carece de ellos. El Baghavad Guita nos indica también: Cuando un hombre se libera de todos los deseos que anidaban en su corazón, y por la gracia de Dios encuentra la dicha divina, entonces su alma descansa en paz6[6]. Mircea Eliade lo explica claramente en su libro Yoga, Inmortalidad y Libertad: Los deseos no son eternos; luego, no pertenecen al espíritu. El espíritu es eternamente libre7[7]. El budismo también nos trasmite esta idea: El dolor es inherente a la ek-sistencia, esto es, al deseo de ser, a la sed en cualquiera de sus formas8[8]. Para el pensamiento budista, el deseo es el origen de dukkha (el sufrimiento).

En el Fedro, Platón nos habla, a través de Sócrates, sobre la inmortalidad y cómo el alma puede parecerse a un auriga que maneja dos caballos, uno bueno y hermoso y el otro todo lo contrario. No así el de los dioses que posee aurigas buenos y de buena casta9[9]. En los Upanishads, en su Tercer Valli, también nos hablan de la imagen del auriga y los caballos, de la siguiente manera:

3.Conoce el Ser que se sienta en el carro: Su cuerpo es el carro, el intelecto el auriga y la mente las riendas.

4. Los sentidos son los caballos y los objetos de los sentidos los caminos que aquellos toman. Cuando aquel (el Ser Supremo) está en perfecta unión con el cuerpo, los sentidos y la mente, los sabios llaman a ese estado la dicha suprema.”10[10]

Platón utiliza el argumento de compensación de los contrarios que se basa en una antigua concepción griega, incluso anterior al mismo Heráclito, quien le otorgó una visión dialéctica, en la que la tensión entre los elementos opuestos se unifica a niveles superiores11[11]. Según ésta, los contrarios proceden unos de otros; para que haya vida tiene que existir muerte y para que haya muerte tiene que haber vida, lo mismo se expone con el sueño y la vigilia. Entonces los vivos proceden de los muertos, de la misma forma que éstos proceden de aquéllos.

[…] Por ejemplo la belleza es lo contrario a la fealdad y lo justo de lo injusto, y a otras innumerables les sucede lo mismo. Examinemos, pues, lo siguiente: si necesariamente todos los seres que tienen un contrario no se originan nunca de ningún otro lugar sino de su mismo contrario, por ejemplo, cuando se origina algo mayor, ¿es necesario, sin duda, que nazca de algo que era antes menor y luego se hace mayor?12[12]

Aquí es interesante señalar que una concepción similar se venía manejando en la China con el Yin Yang, que fue popularizado en el Taoismo con Lao Tsé, y también manejado en el Confucianismo; aquí el universo es un producto que emerge de la unidad primordial, y todo cuanto está en él contiene a la polaridad como dinámica esencial de su existencia: positivo y negativo, oscuro y luminoso, femenino y masculino.

La postura platónica referente a la reminiscencia nos conlleva a pensar que hemos tenido que aprender en un tiempo anterior, o en una vida precedente, aquello de lo que nos recordamos ahora. Antes de nacer, el alma conoció la Igualdad, la Belleza, la Justicia, la Bondad y todo lo que le resta a nuestra existencia. Y partiendo de que existen las Ideas y que el conocimiento es recuerdo de éstas, entonces nuestras almas existían ya antes de tener forma humana y tenían la capacidad de pensar.

En cuanto a la percepción alma-cuerpo se observa una postura dualista, Platón hace una clara diferenciación entre la entidad espiritual y la envoltura carnal: lo material, correspondiente al cuerpo, es mortal, sensible, compuesto, soluble y nunca inmutable; y lo inmaterial, que corresponde al alma, posee una naturaleza muy semejante a lo divino, inmortal, inteligible, simple, indisoluble y siempre invariable. Por lo tanto, se trata de una concepción dicotómica, entre el alma y el cuerpo que se hallan vinculados temporalmente.

También se percibe un trasfondo ético y moral en el que el desarrollo de la virtud en el individuo le llevará a un nivel de vida superior o inferior en el más allá. El alma de los hombres virtuosos, después de desencarnar, se dirigirá a un lugar divino, inmortal y lleno de sabiduría donde vivirá feliz y libre de todo error, lejos de ignorancias y terrores. Aquí Platón pudiera estar hablando de los Campos Elíseos, el lugar paradisíaco del Hades. Pero si no se aleja del cuerpo, manchado e impuro, y se aferra únicamente a los goces materiales, a la comida, la bebida y los placeres del amor, no tendrá la misma suerte y viajaría a los lugares más oscuros del Inframundo. Algunos llegarían hasta el Tártaro, una mazmorra de sufrimientos donde se experimentarían las más crueles experiencias.

Se puede percibir cómo la concepción platónica del alma contiene una profunda influencia de los Pitagóricos, quienes a su vez manejaban conceptos provenientes del Orfismo, un movimiento o corriente religiosa relacionada con Orfeo, el maestro de los encantos, y que en la antigua Grecia fue considerada una especie de secta, y colocaron así en tela de juicio a la religión imperante de los griegos. Dicha corriente concebía un cuerpo con un alma indestructible que sobrevivía al proceso de la muerte y recibía premios o castigos, según su comportamiento en vida; por esta razón el iniciado tenía la obligación de mantenerse puro para su salvación. El cuerpo era considerado simplemente una vestimenta, una prisión o incluso una tumba para el alma. Los seguidores de Orfeo tomaban el viaje que él realizó al Hades en búsqueda de su amada Eurídice y el posterior desmembramiento del que fue víctima por las Ménades, adoradoras del dios Dionisio, como una simbología del camino iniciático del alma hacia la liberación de la pesada materia que los recubría.

Pero de Pitágoras se tienen muchas teorías acerca del origen de sus conocimientos; es probable que haya realizado viajes a Egipto, Babilonia y la India, donde había entrado en contacto con los conocimientos matemáticos, religiones y costumbres de esas regiones, lo cual llevaría a fortalecer su doctrina y, desde luego, a su escuela. Existen evidencias de que en otras culturas también se conocía el teorema matemático de Pitágoras; por ejemplo, los hindúes claramente enuncian una regla equivalente a este teorema; en el documento Sulva (Sutra, que data del siglo VII a. C.) los babilonios aplicaban el teorema 2.000 años antes de Cristo, pero se desconoce de la existencia de una demostración. A su vez, los egipcios conocían el triángulo y la aplicación de éste para sus construcciones. Debemos recordar que Pitágoras fue contemporáneo con Buda, en la India, con Lao Tsé y Confucio, en la China; de la misma forma se piensa que al haber visitado estos lugares se impregnó del Zoroastrismo y del Hinduismo.

Por todo lo antes expuesto, puede observarse la similitud de la filosofía platónica expresada en el Fedón con muchos conceptos de la filosofía oriental en cuanto a la concepción del alma inmortal, la cual sobrevive a la muerte para ir a un lugar de beneplácito en el caso de haber sido en vida una persona de buenos principios morales, además de no haberse dejado llevar en extremo por los placeres de la carne y el deseo, que sólo atan más el alma al cuerpo e impiden que ésta pueda evolucionar.

En la actualidad, con el proceso de globalización mundial, la filosofía oriental se ha diseminado por el mundo y el yoga mantiene una actualidad latente con la difusión que ejerció el Swami Vivekananda y el siempre recordado Paramajansa Yogananda, al traer de la India para América este legado milenario. Similar aceptación poseen las corrientes Taoístas y Confucionistas, así como sucede con el budismo y en especial el Tibetano que fue expandido por el mundo después que la China invadió al Tíbet, en tiempos de Mao, y esto obligó a muchos monjes a escapar hacia diversos países occidentales y propagar sus conocimientos espirituales.

Visto el presente análisis, pudiéramos aseverar que la visión Platónica del Fedón se muestra impregnada de este tipo de pensamientos orientales; también diríamos que en la actualidad esta filosofía se halla en total vigencia en cuanto a la concepción del alma, y que por ende puede brindar un aporte esencial en el proceso de cambio de conciencia que se está gestando de alguna manera dentro de nuestra sociedad que se encuentra en desmoronamiento por causa del materialismo excesivo que, aparte de contaminar y destruir al planeta progresivamente, crea más egoísmo, orgullo, ambición y falta de comunicación interpersonal. Es decir, que esta transformación personal a través del pensamiento filosófico, como lo mostró Sócrates, pudiera ayudar fácilmente a combatir los factores que enturbian la mente y alejan a las personas de su verdadera naturaleza espiritual.

 

Por: Ernesto Marrero Ramírez

ernestomarreroramirez.blogspot.com

ernestomarreroramirez@yahoo.es

 

Bibliografía

 

BLASCHKE Jorge: Enciclopedia de las creencias y religiones, Colombia, Editorial Intermedio, 2004.

BERNABÉ Alberto, traducción y notas: De Tales a Demócrito, Fragmentos presocráticos, Madrid-España, Alianza Editorial, 2006.

CANIFF, Patricia, Pitágoras Grandes Biografías, Madrid-España, Editorial Edimat Libros, S. A., 2003.

ELIADE Mircea, El Yoga, Inmortalidad y libertad, México D.F., Fondo de cultura económica, 2002.

HERNÁNDEZ Albornoz José: Diccionario de filosofía, Vadell Hermanos Editores, 2005.

MORA Ferrater: Diccionario de filosofía, Barcelona, Editorial, Ariel, 2004

PANIKKAR Raimon: El silencio de Buddha, Una introducción al ateísmo religioso, Madrid-España, Ediciones Ciruela, 2005.

PLATÓN: Fedón, Madrid España, Editorial Gredos, 2000.

PLATÓN: Fedro, Madrid España, Editorial Gredos, 2000.

———–: El Bagavad Guita, Bogotá Colombia, Ediciones Universales, 1980.

———–: Enciclopedia Hispánica, Estados Unidos, Editorial Britanica, 1996.

———–: El pensamiento oriental. (http://www.monografias.com).

———–: Institute for Religious Research. (http: //www.irr.org/default.html).

———–: Los Upanishads, Barcelona, España, Ediciones Brontes, 2008.

———–: Pitágoras, Biografía. (http: //www.sme.com.ar/ecampetella/biografías /pitágoras.html.

 

1[1] El Bhagavad Guita, pág 29, Nº 20, Ediciones Universales, 1980

2[2] El Bhagavad Guita, Op.cit., pág 29, Nº 22

3[3] Platón, Fedón, pág 37,Madrid España, Editorial Gredos, 2000

4[4] Platón, Fedón, Op cit., pág 38

5[5] El Bhagavad Guita, Op.cit., pág 37,No.60

6[6] El Bhagavad Guita, Op. cit., pág 36, Nº 55

7[7] Véase ELIADE Mircea, El Yoga, Inmortalidad y libertad, pág 26, México D.F., Fondo de cultura económica, 2002

8[8] Véase PANIKKAR Raimon: El silencio de Buddha, Una introducción al ateísmo religioso, pág 72, Madrid- España, Ediciones Ciruela, 2005

9[9] Véase Platón, Fedro, pág 341,Madrid España, Editorial Gredos, 2000

10[10] Véase Los Upanishads, pág 22, Barcelona España, Edciones Brontes, 2008

11[11]Véase BERNABÉ Alberto, traducción y notas: De Tales a Demócrito, Fragmentos presocráticos, pág 120, Madrid-España, Alianza E

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Andrea Zurlo: La incógnita

Blog Camino con árboles

La incógnita

Andrea Zurlo

Se paró desnudo frente al espejo. Deslizó lentamente sus dedos sobre la piel vieja hasta llegar al punto exacto, sobre los hombros, donde sobresalían esos huesos o, mejor dicho, cartílagos. Un poco se impresionó.

A su pecho de palomo con el esternón puntiagudo estaba acostumbrado, no le afectaba. Nació así y el defecto se acentuó con los años, pero ¡esos cartílagos en los hombros! El solo contacto le provocaba un escalofrío, lo mismo debía acostumbrarse a tocarlos si quería limarlos antes del verano. Tenía por delante todo el invierno con el abrigo pesado para disimularlos.

—¡Menos mal que no está Petrona! –suspiró mirando la foto de su difunta esposa que le sonreía desde la cómoda.

Prudencio comenzó a friccionarse los cartílagos puntiagudos con aceite de castor y después se pasaba la vaselina para suavizar la piel que comenzaba a erizarse de manera extraña. Continuó su terapia sin interrupciones, añadiendo algún detalle, algún ingrediente, algunas hierbas como la bardana, que es buena para la piel y los huesos, o la infusión de manzanilla que ayuda a desinflamar.

No obtuvo grandes resultados con su cura. Los cartílagos siguieron creciendo lentamente y, con los primeros calores, el abrigo pesado era más ridículo que su pecho de palomo.

A la vista del posible fracaso, Prudencio se pertrechó con lo necesario para sobrevivir durante el mayor tiempo posible sin sacar la nariz fuera de la puerta, lo que le fue facilitado por la posición aislada de su casa, al final de la última calle del pueblo, y por su fama de hombre esquivo.

La procesión de días y noches se hizo más lenta. Los amaneceres lo encontraban insomne, dando un masaje a sus protuberancias cada vez más marcadas. Pasaba el día tumbado en la hamaca del patio, o en la mecedora, sentado en la galería, bajo el techo de chapa apenas refrescado por la sombra de una parra de hojas grandes. Esos pocos metros de casa, esas cuatro paredes en las que vivió durante cuarenta años, lo aprisionaban.

Cuando no dormitaba, pensaba, y entre tanto pensamiento se le ocurrió acudir al doctor Cruz, el médico, para pedirle un consejo, pero ¿qué podía hacer la ciencia por él? Poco y nada, se dijo, y añadiódesab que acaso lo que la ciencia no podía lograr lo lograría la fe.

Por fin, tras días y días de meditación, don Prudencio se armó de coraje y, con el primer rocío, amparado por la oscuridad de la noche, se fue a visitar al párroco.

El cura vivía junto a la iglesia. En el pueblo lo tenían en buena consideración, porque decían que era un hombre recto y justo, si bien demasiado moralista y amargado para el gusto de don Prudencio. Después de todo él siempre dejó el cuidado del alma en manos de Petrona, al igual que remendar los calcetines y plancharle las camisas, por eso desde que Petrona falleció andaba con los calcetines agujereados, las camisas arrugadas y el alma descuidada.

El cura lo recibió con la sotana abierta que se había echado de prisa sobre el pijama. Todavía era un hombre joven y la vida reposada de cura de pueblo le favoreció la salud, aunque se quejara constantemente de sus malestares digestivos, y mantuviera un gesto adusto y la boca contraída, a punto de decir una blasfemia.

—¿Qué sucede don Prudencio? No me viene nunca a Misa y me visita a estas horas.

Prudencio entró en la cocina detrás del cura, sin hablar ni justificarse.

Sobre un brasero una cacerola difundía vapores balsámicos con aroma a eucaliptos. Por una puerta entreabierta se veía el catre con las sábanas revueltas y un rosario con cuentas de madera colgando de la pared.

Con gesto lento y decidido Prudencio se quitó la manta que llevaba cubriéndole los hombros.

El cura no reaccionó de inmediato. Después se acercó y pasó los dedos sobre las costuras de la camisa de Prudencio que casi explotaban bajo sus protuberancias.

—¿Es una broma? –preguntó el cura.

—No. Creo que son alas –respondió Prudencio mientras se desabrochaba la camisa, como si fuera muy natural que a un hombre le despuntaran las alas.

El cura dio un salto hacia atrás.

—¡Jesús! –exclamó santiguándose-. ¿Qué has hecho?

—Nada, señor cura –replicó Prudencio-. ¿Qué puedo haber hecho?

El cura desapareció por la puerta lateral. Prudencio oyó que abría y cerraba otras puertas y que protestaba o murmuraba algo. Poco después retornó musitando una letanía con un recipiente entre las manos.

—¡Quítese esa camisa! –ordenó con voz firme el cura.

Prudencio obedeció sin chistar.

Sin pedirle permiso, el cura le vació el recipiente de agua bendita sobre la cabeza. Después lo santiguó de los pies a la cabeza, sin rozarlo, y lo tuvo hasta el alba rezándole, y lo salpicaba con aceite y agua bendita, al tiempo que cabeceaba vencido por el sueño.

—Obra del demonio, don Prudencio –sentenció el extenuado cura con las primeras luces del alba –. Retorne a su casa.

Prudencio llegó a su casa cuando los primeros peones eran los únicos habitantes de las calles y arrastraban el sueño bajo las suelas.

Se sentía desconsolado. No fue nunca un gran creyente, tampoco frecuentaba la iglesia ni iba a Misa, pero eso no significaba que ahora tuviera que sufrir las penas del infierno. Después de todo ¿qué hizo más que cometer algún humano y venial pecado?

Para mal de males, desde que el agua bendita le tocó la piel le comenzó una terrible picazón. Rasca que rasca, notó que donde le cayeron las gotas sagradas le surgían de la piel unas pequeñas puntas.

Aterrorizado decidió no salir más de su casa, ni abrir la puerta a nadie, tampoco al doctor Cruz que, alertado por el cura, se apresuró a presenciar el fenómeno con la excusa de llevarle la ayuda de la ciencia.

En poco tiempo ya no pudo ni sentarse en el patiecito a tomar el fresco, porque el pueblo entero lo espiaba. Los vecinos se organizaron y se daban turnos para asomarse sobre el tapial en silencio y sin hacer desórdenes, igual que como se asomaban para ver a los finados en los velatorios, “Evitando alterar el orden público”, como ordenaron las autoridades, y el comisario cerraba un ojo complaciente, ya que era oportuno que los habitantes del pueblo tuvieran alguna diversión más que la timba y el mercado una vez por mes o el prostíbulo en las cercanías.

Confinado como un leproso, el mayor problema de Prudencio era soportar el calor encarcelado en su lata de sardinas, bajo el techo de chapa, al tiempo que consumía con mesura sus provisiones para resistir lo máximo posible.

La vida de don Prudencia siempre fue simple y sin aspiraciones, como la de casi todos en el pueblo, ahora el futuro, que hasta poco tiempo atrás veía como un camino trazado con meticulosa precisión, se mostraba como un terreno incierto que lo atemorizaba. Futuro, ¿qué futuro?

Una mañana en que se despertó de un sueño agitado y sudado ya no se sorprendió al notar las plumas blancas en su espalda, ni tampoco que su nariz adquiría un aspecto ligeramente similar a un pico, y que comenzaba a unirse al labio superior.

Hacía mucho tiempo que se le negaba al espejo, con todo, ahora, sintió la necesidad imperiosa de mirarse.

El espectáculo era ridículo. Sus piernas arqueadas y cortas no mutaron en su aspecto humano, como tampoco lo hicieron sus pies reumáticos. Su pecho de paloma lucía mejor con esas alas en la espalda, y ¡su cabeza! Su cabeza era digna de una mención especial. Sus ojos eran los de siempre, pero con una vaga expresión de soledad, y estaban situados a los lados de la protuberancia amarilla que ahora era su nariz, o quizá su nariz creció lo suficiente como para apretarse contra sus ojos, y la cabeza seguía coronada por sus cabellos grises y rizados, y las arrugas de su frente continuaban apoyadas sobre sus cejas espesas.

No era un pájaro. Tampoco era un hombre.¿Y si nunca hubiera sido un hombre igual que todos los demás? ¿Era ese el motivo por el que no pudo tener hijos?

¿Qué era si no era un hombre? ¿Importa la definición y el aspecto más que aquello que realmente se es? Y si era ESO, ¿qué mal hacía? Ninguno. Pero sabía que la Iglesia y la ciencia buscarían una explicación: para una sería la obra del demonio, y para la otra un bicho digno de estudiar y ni hablar de o que pensaría la gente del pueblo.

No entendía, Prudencio.

Él era el de siempre, su mente, su pensamiento simple, sus sentimientos permanecían inmutables. No obstante, ya no era un hombre y no era el de siempre.

No se daba paz. No existía la paz.

Envuelto en las horas de la noche salió de su casa, furtivo, cubierto por una manta.

Lo siguieron solo unos chiquillos que se habían aventurado hasta la puerta de Prudencio y allí montaban guardia. Como parte de su juego infantil le arrojaron piedras, riéndose en voz baja para no despertar a los vecinos. Prudencio se escapó como pudo y corrió con sus piernas arqueadas y su nuevo traje de plumas recién estrenado, hasta el borde del barranco que caía alto sobre el río de piedras blancas. Allí abandonó la manta y se alzó en vuelo sin gran dificultad. Los chicos quedaron boquiabiertos, incapaces de comprender.

¿Hombre, ave, demonio o ángel?

De la Antología “Opuesto a la naturaleza de las cosas”

Julio 2011

Andrea Zurlo, escritora hispanoamericana. Vive en Florencia, Miembro Activo del Círculo de Escritores de Venezuela. Miembro Honorario de la Asociación de Escritores de Mérida

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http://www.amazon.com/Vida-y-Escritura-Spanish-Edition-ebook/dp/B00N85DF38

Libro Vida y Escritura

Vida y Escritura

Editorial Diosa Blanca y Editorial SCEL, 2014

Primera edición

Nota preliminar

El Ser del hombre se funda en la Palabra, mas la palabra viene al ser como diálogo

Martin Heidegger

Este libro recoge algunos apuntes y acercamientos a autores, obras y temas de mi preferencia. La mayoría fueron escritos en los últimos diez años y algunos de ellos han sido publicados en diarios y revistas. Escribir sobre un libro es establecer un diálogo lúdico con el autor, libre de cualquier imposición. De allí surgen apreciaciones, confesiones, críticas y comentarios. La verdad no puede ser nombrada, el lenguaje se aproxima más o menos a ella sin tocarla. No obstante, vemos las cosas y las decimos con la fe de los niños que expresan lo que piensan, convencidos de que sus pensamientos y visiones son reales.

El lenguaje nos acompaña dentro y fuera de nosotros como el aire. Sin él la vida humana deja de serlo. Cuando a Confucio le preguntaron qué sería lo primero que haría él si fuera gobernante de un pueblo, contestó:Emprendería la reforma del lenguaje. Porque el significado sesgado o distorsionado que se da a un vocablo, cuando es usado para torcer la voluntad de los ciudadanos, es el mayor de los peligros y la peor violencia que se puede ejercer: abolir el libre albedrío. Si se analiza un régimen desde el punto de vista de la semántica, allí veremos retratadas sus intenciones.

Me atraen las palabras que atraviesan desiertos y suben rocas escarpadas sin perderse. El oficio es tratarlas con delicadeza, sin traicionar la conciencia, tan fácil de empañar como un espejo. Y expresar aquello en lo que se cree asumiendo las consecuencias. Los que se dedican a escribir son vulnerables y prescindibles, y en épocas de gobiernos dictatoriales suelen volverse festín de fieras. Mas, no se puede callar para ser complacientes con la tiranía.

Expreso mi profunda gratitud a Edgar David Vidaurre Miranda, director de la Editorial Diosa Blanca, a por sus generosas consideraciones. A Sofía Greaves y Enrique Vélez por el cuidado en la digitalización del libro. Y también agradezco a los autores que han contribuido a que mi existencia haya sido más significativa y plena. He dejado guardados unos cuantos ensayos sobre otros autores de lectura indispensable, para un próximo libro que está en preparación.

Carmen Cristina Wolf

Santiago de León de Caracas

ÍNDICE DEL LIBRO VIDA Y ESCRITURA

I Tejedores del verbo

Rafael Cadenas: Templanza y honestidad de lenguaje

Elizabeth Schön: En el tránsito hacia el asombro

Luz Machado: Mirada que vigila lo efímero y lo eterno

Eugenio Montejo: Viaje a lo sagrado

Arthur Rimbaud: El lenguaje del alma

Emily Dickinson: Sin trampas de lenguaje

García Lorca: Eternamente joven

Elizabeth Schön: La presencia del Ser

Benito Raúl Losada: Conjuro o poesía?

Luis Alberto Machado: Canto a la Mujer

Armando Rojas Guardia: Íngrimo, a la intemperie

Eduardo Casanova: Última muerte de SimónelTriste

Helena Sassone: Enigmas en el fuego

Juan Liscano: Hijo del Sol y de la Noche

Luis Beltrán Mago y sus poemas esenciales

Alejo Urdaneta: Arte, Intuición e inteligencia

Ana María Del Re: Aún de noche la luz

Joaquín Marta Sosa: En el barco de la memoria

Enrique Viloria: A medio camino

Yolanda Steffens: La vida de Hölderlin

María Zambrano y la vocación de ser

Edgar Vidaurre en el lugar más sosegado

Cintio Vitier: El instante perpetuo de la extrañeza

Harry Almela: La Patria forajida

José Tomás Angola: Sin freno concebido

Lidia Salas: Sedas de otoño

Álvaro Pérez Capiello: Entre la verdad y el engaño

José Pulido: En el bosque del sueño

Lupe Rumazo: Compromiso ético y devoción por la palabra

La voz poética de Aladar Temeshy

Astrid Lander: Antología de Versos de poetisas venezolanas

La mirada en el tiempo en la poesía de Lubio Cardozo

II Creer y descreer

Los riesgos de la libertad

La vocación de nombrar

Territorio iluminado: Las voces pacificadoras de Edda Armas, Magaly Salazar y Anabelle Aguilar

La poética de la casa

El lenguaje, una visión del mundo

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Día del Escritor. Palabras de Edgar Vidaurre

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Toda la oscuridad en el mundo, no podrá jamás

con la sola luz de una vela..

San Francisco de Asis – Las Florecillas

Gracia y benignidad para todos

Por motivos personales no estoy ahora presente con ustedes en esta fecha tan importante en la cualcelebramos el día del escritor, que signa para nosotros los escritores venezolanos el natalicio de Don Andrés Bello, por lo que he rogado a nuestra querida Carmen Cristina Wolf, les lea estas cortas palabras de saludo y sobre todo de esperanza.

Digo esperanza pues Venezuela está hoy viviendo momentos de oscuridad, momentos en donde el odio, la exclusión y la intolerancia, han permeado el corazón mismo de la sociedad y a veces nuestro propio e individual corazón. Son precisamente estos los motivos para haber hecho este corto viaje que me impide hoy estar con ustedes, y así peregrinar para encontrar mi centro, mi núcleo anímico, la razón necesaria y el sentido para resistir y trascender la situacion que hoy todos los venezolanos (menos aquellos que ocupan el poder, cualquiera sea su advocacion) padecemos, no sólo en los aspectos económicos, sino en nuestros valores sociales, familiares y personales..

El corazón de este viaje es la ciudad de Assisi, lugar en donde floreció sobre el año 1300 y justamente a raíz de un proceso de crisis, la que sin duda alguna fue la primera obra escrita en el idioma italiano, lengua recién nacida para ese momento y la más reciente de todas las lenguas romances: me refiero a las pequenas y dulces “Fioretti” de San Francisco. A partir de ese evento y de esa eclosión extraodinaria, surgieron, casi de inmediato, poetas como el Dante, Petrarca, Gaspara Stampa, Vittoria Colonna (sin olvidarnos de los sonetos de Miguel Angel) hasta llegar a esos maravillosos poetas como lo son Ungaretti, Montale, Quasimodo, Pavese o Antonia Pozzi. A esto habría que sumarle los grandes narradores en esa lengua como lo fueron en sus inicios, Boccacio, Maquiavelo, hasta llegar a los maravillosos Papini, Carducci, Deledda, Dario Fo, Pirandelo, Malaparte y otros tantos.

Aunque casi todos estos escritores en algún momento de su vida tuvieron que rebelarse contra los regimenes que los gobernaban, y en algunos casos provocaron las transiciones de sus sociedades hacia la luz, el caso de San Francisco es un hito incontrovertible dentro del fenómeno literario. En su revolución espiritual, Italia se encontraba en plena tensión y en guerras intestinas entre los nobles y los burgueses, entre los burgueses y los pobres, entre los pobres y los nobles. A su vez otros reinos de Europa mantenían entre sí guerras interminables, algunas incluso (o casi todas) promovidas por la Santa Madre Iglesia. Se estaban gestando y produciendo las grandes guerras religiosas y las cruzadas, siendo que todos los valores espirituales del hombre habían sido raptados y secuestrados por los poderes encarnados en los reinados y principados, utilizando estos mismos valores como estandartes para totalizar y ejercer el poder, dividiendo y destrozando el tejido de las sociedades a través de la instalación del odio, la exclusión y la intolerancia.

No es nuevo pues el sufrimiento de las sociedades por parte de regímenes que ellas mismas se han impuesto por la falta de conciencIa colectiva o por el olvido de ese procesos histórico por parte de las nuevas generaciones. Y para eso son precisamente los artistas y los escritores. Para registrar la tensión perpetua entre la luz la sombra, para armonizarla, matizarla y dejar la evidencia de lo que puede hacer el mal a fin de que las generaciones futuras nunca lo olviden.

Creo profundamente que la crisis que en estos momentos vivimos los venezolanos, nos debe transformar en el entendimiento de los valores más esenciales y poder así revocar nuestras circunstancias. Que esta generación de escritores que hoy estamos sentados aqui celebrando el día del escritor, somos privilegiados, pues nos toca y nos seguirá tocando por algún tiempo más, llevar la luz, promover la esperanza y mostrar los caminos de retorno al hombre en la mayor inocencia posible, que no es otra que la de la belleza.

Viendo en estos días un cuadro extraordinariamente conmovedor en donde se aprecia la entrada de San francisco descalzo y casi desnudo en la gran sala papal de Roma, contrastando con la magnificencia y riqueza del traje de Inocencio III y el lujo extremo y exuberante del salón, recordé el diálogo entre ellos, cuando el pobre de Asís, que se llamaba a sí mismo “EL juglar de Dios” le cantó a viva voz sus poemas y canciones, terminando con el cántico de las criaturas y las contundentes verdades del dulce Sermón de la montana mirándoles la cara a todos los cardenales del recinto. En ese justo momento, El Papa no pudo contenerse, se despojó del manto Papal del poder, de sus insignias, y bajando más de 150 escalones para descender hacia donde estaba el santo le respondió: “No es el poder ni la fuerza, ni la guerra quienes preservan al hombre. Esas son mas bien, las causas de su desánimo, de su pérdida de la fe, de la pérdida de la esperanza…hoy tú nos has recordado algo que estaba más atrás y previo al pecado original, que no es otra cosa que la inocencia original.”

Sigamos pues celebrando este día y todos los días encendiendo luces, labrando la esperanza, registrando esta oposición que hoy hacemos a los antivalores que nos gobiernan para que las generaciones futuras nunca olviden, y tengan la certeza que “toda la oscuridad en el mundo, no podrá jamás con la sola luz de una vela…”

Salud

Edgar Vidaurre*

27 de noviembre de 2016

*Poeta, ensayista, editor, Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela

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La poética de la casa

Por Carmen Cristina Wolf Este texto forma parte del libro Vida y escritura, publicado en Amazon en 2014 por los editores Enrique Vélez Rosas y Sofía Greaves y con una nueva versión revisada para pr…

Origen: La poética de la casa

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La poética de la casa

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Por Carmen Cristina Wolf

Este texto forma parte del libro Vida y escritura, publicado en Amazon en 2014 por los editores Enrique Vélez Rosas y Sofía Greaves y con una nueva versión revisada para próxima publicación impresa.

Cuando me invade el temor, el desasosiego o la angustia ante la amenaza de los tiempos actuales, vuelvo a leer a Baudelaire, en su libro Los Paraísos Artificiales, quien describe la felicidad de Thomas de Quincey, resguardado en su habitación y leyendo a Kant, mientras afuera la nieve había decidido cubrir el mundo y pregunta: “Una agradable habitación, no hace más poético el invierno, ¿y no aumenta el invierno la poesía en la habitación?”.

En este país del trópico, donde la nieve nos ignora, me refiero a este tema por cuanto una tormenta de nieve puede equipararse a los peligros de la noche en nuestra ciudad de Caracas que, sobre todo cuando no hay luna, son aún mas feroces que las tormentas. A menos que estemos en casa. Es mejor quedarse en la habitación a resguardo de aquellos seres que han perdido la conciencia y no nos ven como sus hermanos.

El poeta Rilke, se siente sobrecogido en medio de la tormenta y escribe: “¿Sabes tú que en la ciudad me asustan esos huracanes nocturnos? Diríase que en su orgullo, los elementos ni siquiera nos ven”. Y en un poema, nos dice:

Por qué arrastrarme a esos torbellinos

de confusión y luces?

No quiero ya mirar vuestra locura.

Yo quiero, como un niño, enfermo y en su estancia,

solitario, secreta la sonrisa,

erigir día tras día ensueños suavemente”.

(De Primeras Poesías)

Bachelard, en su Poética del espacio, le otorga entidad a la casa, refiriéndose al “drama cósmico” que esta debe sobrellevar, personificada en un cuerpo que siente y sufre. Él prepara el momento de la tempestad recreando la inmensidad del silencio: “Nada sugiere, como el silencio, el sentimiento de los espacios ilimitados (…). Los ríos colorean su extensión y le dan una especie de cuerpo sonoro (…) es la sensación de lo vasto, de lo profundo, de lo ilimitado, que se apodera de nosotros en el silencio. Me invadió, y fui, durante unos minutos confundido con la paz nocturna. La paz tenía un cuerpo. Prendido en la noche. Hecho de la noche. Un cuerpo real. Un cuerpo inmóvil. Luego viene la angustia cósmica que preludia la tempestad. Se abren las gargantas del viento”.

Las fuerzas del cielo se desatan y somos como las ramas indefensas de un gran árbol. Ah, pero la casa nos protege, nos guarda, la habitación nos arropa y nos abraza para que nada malo nos suceda. La casa adquiere la realidad de un ser amable y protector.

La casa, sea humilde o lujosa, es una de las cosas preciadas que tenemos. Así sea una habitación, nuestra habitación, ella es la madre que nos arropa en la oscuridad amenazante.

Cuánto debo agradecer a mis abuelos y a mis padres el haberme proporcionado una casa. Recuerdo con veneración la casa de los abuelos Benito y Zoilita, acogedora, con sus cómodas poltronas, los libros, la máquina de coser, el viejo radio Singer, la hamaca… Sobre todo, el patio, con su árbol de mango, que nos parecía tan grande. Una casa con techo a dos aguas, de tejas verdaderas, de ventanas sin rejas. En lugar de muro, un seto de arbustos. Porque no había nada que temer.

&   &   &   &   &

Hoy recuerdo la casa del abuelo, con su serena sabiduría, siempre enseñándonos gramática y literatura. Mamaíta, con sus consejos sobre cómo llevar un hogar y sus meriendas tan deliciosas…

Cada vez que paso por la quinta Alma, en Las Mercedes, en Caracas, que todavía conserva algo de la magia y la elegancia que una vez tuvo, no puedo menos que dar gracias a ellos y a Dios, porque allí viví los mejores días de mi vida. Cuando tiempos lejanos me llevan a Lobaterra, la casa colonial del abuelo Federico en San Esteban, vienen a mi memoria los juegos en el río, el croar de las ranitas, los enormes árboles de caimito, el miedo a los fantasmas que rondan los viejos muros. El susurro del viento entre las ramas…

Amo mi casa, con su ausencia de pretensiones y sobre todo mi habitación, testigo de tanto escribir poemas y notas sin importancia. Y tengo presente a Virginia Woolf, para quien la felicidad y realización de una mujer escritora consistía en disponer de treinta libras al año y una habitación propia. Es bastante.

En Santiago de León de Caracas

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Elizabeth Schön: En el Tránsito hacia el asombro

Este ensayo pertenece a la primera edición del libro Vida y escritura, publicado en Amazon

Libro Vida y Escritura

  1. Por Carmen Cristina Wolf

Una Visita al Hogar de la Diosa Blanca

Siempre que viene a mi memoria la poeta venezolana Elizabeth Schön, recuerdo su mirada de un azul intenso como las aguas que rodean la isla de Los Roques, en Venezuela. Mirada límpida, maneras afectuosas, el modo gentil de tratar a las personas. Y sobre todo, su profundo análisis de las cosas, desde las más pequeñas, como una semilla, una piedrecilla de río o el golpeteo sempiterno de las olas, hasta su visión metafísica del mundo y del ser.

Una tarde fuimos a visitarla los poetas Rosa Melo, Edgar Vidaurre, Ruth Vidaurre, el artista plástico Oscar Sjöstrand y yo. De la conversación y la lectura de poemas, pasamos a la música, y ella me prestó un cuatro. Al comenzar a cantar una tonada de Simón Díaz, Elizabeth comenzó a llorar silenciosamente. Nos explicó por qué. Era la primera vez que se escuchaban las notas de aquel instrumento desde que Alfredo Cortina, su esposo, falleció.

Todo el que hablaba con Elizabeth Schön, o le daba a leer sus versos, no la olvidó jamás. En el transcurso de mi vida, la lectura de su poesía se ha entrelazado íntimamente con mis vivencias. Me siento bendecida por haber tenido acceso a la obra poética de esta mujer venezolana, voz fundamental de la literatura contemporánea. He aquí los versos seleccionados para la convocatoria al Octavo Encuentro Internacional de Escritoras en homenaje a Elizabeth, que se celebró en abril del 2008:

En el tránsito del asombro hacia otro asombro

se desborda lo inagotable del Ser”.

(Elizabeth Schön)

A continuación, me refiero a algunos recuerdos de la niñez que regresaron a leyendo algunos poemas de Elizabeth Schön. Memorias de nuestras vacaciones en San Esteban, cuando el verano era un vaso de oro desparramándose. Las gavetas dejaban salir la ropa ligera, pantalones cortos, franelas y sandalias. Lociones para los mosquitos, bronceadores y sombreros. De vez en cuando, si no un ventilador, un abanico. Todo un verano para bañarse en el río, leer a Julio Verne, Louise May Alcott, Salgari y los cuentos de Julio Garmendia. Comer mangos, guayabas y echar cuentos de la playa que estaba a un kilómetro, como si el mar estuviera a millas, millas y millas de distancia. Y todo allí mismo, a diez minutos de Puerto Cabello, en las orillas del río San Esteban, cubierto de la sempiterna vegetación cerrada verdinegra.

Era la felicidad completa, sin preocupaciones. Los mejores días del año, el gozo del principio del vivir, la pubertad en plena ebullición, cuando todo parece estar en una cesta, en la cual basta con querer para encontrar en ella cualquier aspiración hacia el milagro de la realidad, del brillo conque aparecen todas las cosas que nos rodean. Elizabeth Schön escribe:

Si miras el agua miras al cielo. / Si miras al niño miras al agua y al cielo”.

Levantarse al amanecer no costaba nada, eran días distintos, de otra tinta. Lavarse la cara, ponerse el traje de baño y desayunar un vaso de leche y mantequilla derritiéndose sobre una arepa caliente. Al frente, los árboles de caimito y los chaguaramos, las matas de limón y de lechosa, los cedros centenarios y los pájaros saltando como locos entre las ramas, arrebatándose ramitas.

Nos esperaban las pelotas de goma húmedas sobre la grama. El abuelo Federico, rastrillaba las hojas con sus botas de hule que casi le llegaban a las rodillas. Bajábamos la escalinata, había llovido la noche anterior. Las hojas brillaban de punticos mojados. Cargando nuestros tobitos abríamos la reja y allí estaba: el río,con infinito blusón deslizante, con su borboteo comoun reguero de polen multiplicándose, el agua, ella sola, ella misma consigo, tan cercay tan siempre lejos, entre la tierra y la fugaz distancia.El agua hace al árbol permanecer y al hombre ser fiel a su propia e innata transparencia.

El agua del río conducía un millón de años de hojas caídas, ramas, rayos de sol y brisas influyendo en las coreografías del agua, brisas metiéndose en el agua, alborotándola. El abuelo había construido un muro para encauzar el río e impedir que las crecidas tumbaran los árboles cercanos a la orilla. El muro se había puesto verdoso y estaba corroído por el tropel de las aguas.

En el río aprendimos a confiar, no nos angustiaba su fondo, gozábamos la inquieta curiosidad de no saber las cosas que guardaba. No teníamos miedo de los peces pequeños, ni de los grandes que nos imaginábamos podían aparecer algún día, ni siquiera de la gran serpiente que tenía su casa bajo las piedras. Abuelo nos decía que ellano hacía nada, porque era una culebra buena. Era inofensiva como una jirafa. En el libro de SchönEs oír la vertiente(1973), Elizabeth publica poemas sobre la realidad del miedo, unos poemas que hasta hace muy poco me hacía daño leer:

Hay miedo. / Ya el árbol se achica / en tanto va angostándose la luz / hasta cerrar la última hendija. Piérdese el pulso / olvídase el ritmo / en la piel solo agotamiento / y sobre ella el aire, / el sol / el agua / el hombre, / la tierra (…)”. Estos poemas no los leí en la época en que escribí esta nota, no forman parte de estos recuerdos de la niñez, que continúan así: Y entrando en la frescura poblada de medallitas luminosas, no había otra cosa en el mundo que más nos hiciera quedarnos con nosotros mismos, flotando, meciéndonos, oyendo susurrar los ramajes. En esos instantes, el tiempo no existía, o se entretenía entre el cielo y el murmullo de la vegetación.

Podíamos creer, escuchábamos una promesa y creíamos en ella, esperábamos. Vivíamos en pulsación, en latencia, vivíamos en todas las semillas y en nuestros cuerpos: redondeados, flacos, morenos y rubios, orondos. Vivíamosen el centro de la oscura y primaria semilla”.

No existía nada que no nos fuera familiar, que no mereciera alegría, celebración, nuestros maravillosos y escandalosos miedos pasajeros y perennes.

Todo estaba en los bandos. Cada cosa tenía su bando. Pájaros, perros, gatos, ciempiés, los fugaces y groseros monos, las arditas, los sapos y las ranas, los inoportunos y nocturnos murciélagos, las insoportables perezas. Los ruidosos pericos y las mariposas con su rastro de oro. Las tenebrosas mapanares, las determinantes enredaderas, el olor a monte, el olor a cena, siempre únicos y siempre maravillosamente lo mismo.

En la infancia todo era sorpresa, no obstante nada nos era extraño. La vida era cercanía y lejanía imaginada. Con todo se hablaba, con cada cosa se iniciaba una historia, una amistad, un juego.

Una de nosotras se parecía a una semilla de onoto, la otra era de algarrobo, la otra intrigaba hasta que descubrimos que era idéntica a una semilla de níspero. Los varones parecían semillas de mango, de cedro, de guanábana:son aquellos los de la faz rodante del grano quienes oyen / e incendian los fulgores con los que día a día aflora la vida (…)”.

Nuestros cuerpos no dejaban de jugar, de reír, de llorar para contentarnos y volver a pelearnos enseguida. No sabíamos del miedo, no sabíamos cómo se definía la vida y a nadie se le podía ocurrir intentar saber lo que era. Ninguno de nosotros habría querido, ni intentado pensar, ¿qué es la vida?

No sentíamos miedo, porque nos enseñaron que el universo había sido creado por alguien profundamente enamorado, a quien podíamos llamar Padre. Aquel que ama a la humanidad tanto como se ama a mismo.

Esa infancia todavía está intacta en mi corazón y cuando alguien actúa de manera perversa, creo que sufre la enfermedad de ausencia de amor. Las ofensas, las acusaciones nacen del miedo, brotan porque ignoramos que todos somos hermanos. La gente pelea como las células de un organismo enfermo y terminan destruyendo su capacidad de confiar en la vida y en su propio ser.

No tengamos miedo, ni ahora ni nunca, lo más que podemos perder es esta vida, que es un regalo y no es nuestra propiedad. Porque la vida pertenece a la Vida.

* Todas las citas corresponden a los librosDel antiguo labrador,El abuelo, la cesta y el maryEs oír la vertiente, de la poeta venezolana Elizabeth Schön, Premio Nacional de Literatura.

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